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LA CARTERA

Vacías y llenas. De piel y de plástico. De Bob Esponja y de Loewe. De chico progre o de señora del PP. Grandes, pequeñas o anchas. Vanguardistas, clásicas o recicladas. Hay miles, aunque lo que importa es su interior.
Está la cartera del doctor, con el bisturí para los cortes finos en una operación de corazón. La del cura redentor, con todo preparado para dar la extrema unción. La del atracador: pasamontañas, pistolón y silenciador. Y la de la reina de la prostitución: pintalabios, zapatos extremos y condón.
La cartera de su majestad, que la lleva un adiestrado militar al servicio de la Casa Real. La del evasor, repleta de billetes bien planchados, ordenados y estafados. La del arquitecto, llena de edificios ya trazados que no encuentran promotor. Y la del poeta, con decenas de versos descosidos que buscan un editor.
La cartera de Pajín, más lustrosa que la que llevaba cuando mandaba, pero vacía a rabiar. Y la de María Teresa, curtida y maltratada, que ahora sólo es un recuerdo de los años de vino y rosas. De los tiempos de cuchillos y espinas. Del Vogue y de las lágrimas contenidas en la despedida.
Carteras que bailan. La de Bibiana, que desaparece con la bandera de la igualdad. La de Corredor, que se la quitan casi sin estrenar. «No hizo ná», que diría el castizo. «O casi ná». Pero para cartera, o carterón, la del gran mariscal. Llena a rebosar. Tanto que se puede desfondar. Aunque Rubalcaba, viejo zorro, saldrá vivo de nuevo del tifón electoral.
Carteras. Muchas en manos de los que mandan y otras que parece que nadie quiere recordar. La del parado, llena de curriculums fosilizados; la del cobrador, tomada por los impagos; la del abogado, repleta de embargos. ¿Qué llevará la Esteban? ¿El camello de mi barrio? ¿Y Cristiano Ronaldo?
En la mía veo varios auriculares entrelazados, el móvil de casa y el del trabajo, las aspirinas flotando, papeles algo arrugados, una nariz de payaso. Veo nervios, silencios, carreras. Un esbozo de esta columna, palabras desechadas y un bolígrafo para poder dejarte por escrito mis besos del adiós.
 
Las Provincias, 23 de octubre de 2010

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