COLOMBIA VI: EL MAYOR JAIMES

De cómo descubrí entre las imponentes esculturas de Botero el rostro más conmovedor de Medellín


Ando desconcertado. Tengo un pellizco en el estómago y me cuesta respirar. Hace unos días, desde las alturas, desde el metrocable que sobrevuela Medellín, recorrí los barrios más deprimentes de la ciudad. Extensas laderas repletas de miseria donde ladrillo y madera se dan la mano dando forma a una anarquía de chabolas que esconden historias truculentas, niños sin futuro y futuros inciertos.



Desde la cabina del funicular urbano, Alejo me contó cómo viven en los barrios populares de la capital de Antioquia y debo confesar que aún estoy conmovido. Una madre que lucha para que su hijo no acabe siendo un delincuente y que le pone las manos sobre el brasero cada vez que descubre que ha robado en la escuela; padres atemorizados por los clanes de vendedores de droga que guardan silencio por miedo cuando suenan los disparos; o la historia de esos chiquillos que veíamos jugando a fútbol, soñando con ser uno de los grandes del balón pero que acabarán sometidos a la ley de los narcos.


Me impactó tanto que durante todo el día estuve pensando con Alejo y con esos jóvenes con los que posiblemente me he ido cruzando estos días por Medellín y que, a pesar de no tener más de quince años, ya han empuñado un arma, la han puesto sobre el pecho de una persona y han disparado.


Críos que se convierten en mulas o en sicarios para ganar dinero fácil y que acabarán atrapados en una maraña de la que nunca podrán salir si no es con los pies por delante.


Pero pese a que todo parece eclipsado por el terrorismo y el narcotráfico, los colombianos se niegan a que les secuestren sus esperanzas y te recuerdan con energía que Medellín es mucho más. Que ya han empezado a recorrer muchos otros caminos para dejar atrás el cruel perfume de los sicarios y la peste del terrorismo. Y se esfuerzan por mostrarte la otra cara de su país.


Sin embargo, cuando empiezas a creerte que es así, entre las imponentes esculturas de Botero y los vendedores de sombreros de palma, dulces de guayaba o zumos de maracuyá, te encuentras de golpe con su realidad más deleznable. Al llegar a la catedral para visitarla antes de marcharme de Medellín, encontré decenas de agentes de la policía que despedían a un compañero. El mayor Félix Antonio Jaimes Villamil había sido cruelmente asesinado por las FARC en una trampa mortal. Estaba casado y tenía tres hijos, a los que les costará olvidar. A mí también.


Besos colombianos.
 
'El Comecocos' Jesús Trelis. Las Provincias. 9 de julio de 2011

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