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SILVIA

De cómo recordé aquellas "campañas de verano" llenas de metralla y a las víctimas que dejó


Si el terror no se hubiese cruzado en su camino, Silvia posiblemente estaría por la playa con las amigas, colgada del "whatsapp" y cotilleando cosas propias de los jóvenes. Sin embargo, hace hoy diez años una bomba acabó con su vida.


La pequeña Silvia fue una de las víctimas del atentado que ETA perpetró contra la casa cuartel de Santa Pola y, aunque hoy ya ha pasado una década del fatídico asesinato, es difícil desterrar de la memoria aquellas escenas impregnadas de terror y borrar de la retina los rostros de sus familiares tomados por el dolor.

Aunque en realidad no debemos ni borrar ni desterrar de nuestros recuerdos ese pasado que, con todo, está íntimamente ligado a nuestra realidad. Al contrario, es necesario, un deber, recordar cuántas veces nos fuimos asomando al verano con los dedos cruzados para que los terroristas no nos amargaran las vacaciones; cuántas operaciones de salida estuvieron llenas de avisos de bombas y explosiones por las carreteras para meternos el miedo en el cuerpo, o cuántas veces quisieron jugar con nosotros para lograr repercusión internacional a base de mostrar al mundo cuerpos repletos de escombros y sangre.

Es cierto que debemos estar felices por la paz, al menos contenida, que se ha conseguido imponer en el País Vasco hace poco más de un año y que debemos estar alegres ante el final de la banda, que no será real hasta que entreguen las armas y desaparezcan por siempre. Sin embargo, no por ello debemos olvidar quiénes asesinaron a una niña de seis años un verano que se le prometía maravilloso. Como son los veranos de la infancia. No podemos olvidar a Silvia, ni a tantísimas otras víctimas de ese gran despropósito, infame y deleznable, que siempre se escondió bajo la capucha del terrorismo.

Quizás alguno de ellos, de todos esos que forman o formaron parte del cruel entramado de ETA, detengan hoy un instante sus vidas para pensar en que aquella pequeña podría ser ahora una niña de dieciséis años repleta de vida y sueños. Pero evidentemente soy un ingenuo, porque eso no va a pasar. Como tampoco ocurrió el pasado febrero cuando la madre de Silvia miró a la cara a los etarras que juzgaban por el atentado que acabó con la vida de su hija y les llamó asesinos. Ellos permanecieron impasibles, con su estómago repleto de gusanos y el corazón podrido, cuando Toñi empezó a recordar ante el juez aquel fatídico día en que perdió a su hija. «A mí el atentado no me ha quitado ni una pierna ni dos dedos, a mí me ha quitado el alma y el corazón». Besos.   Jesús Trelis, El Comecocos. Las Provincias, 4 de agosto de 2012

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