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EL VASO DE LECHE

Este año hemos reciclado las pinturas, rebuscado las hojas que quedaron intactas en las libretas del curso pasado y estirado el uniforme para que les quepa a nuestros peques (que por otro lado, es lo normal).


Volvemos a comprar pollos enteros, porque hemos recordado que trocearlo no cuesta tanto. Nos ahorramos un par de euros y además nos da para un caldo, para asarlo, para la paella y hasta para cocinar croquetas como las de la abuela.

Hemos dejado de coger el coche si no es estrictamente necesario, nos hemos sumado al transporte público (que hasta ahora parecía reservado a estudiantes y jubilados) y hasta hemos desempolvado la pasión infantil por la bici para ir al trabajo. Y lo mejor:_el corazón se ha puesto a palpitar más sano.

De pronto, hemos recuperado antiguas nociones de cálculo y nos pasamos los días dividiendo y, sobre todo, restando. Hemos refrescado las tablas de multiplicar y resolvemos a diario problemas como los que doña Amelia nos enseñó cuando existía la EGB. «Si me quedan 12 euros para este mes y un litro de leche vale 0,98, ¿cuántos litros podrán beberse entre mis tres hijos al día?».

Foto Jesús Trelis


Cuidamos más los zapatos, descubrimos que la ropa que guardábamos no está tan mal, compramos sólo prendas totalmente necesarias y hemos empezado a saber qué quiere decir eso de vivir como espartanos.

Tenemos huertos urbanos (menos da una piedra), revisamos el ticket después de llenar el carro (cuando antes nos marchábamos tan panchos), nos controlamos cuando salimos de fiesta (no sea que un exceso en la cartera nos cause una resaca tremenda), el vino joven nos gusta mucho (cuando antes éramos fijos de reservas y grandes caldos) y ya no fumamos, un hábito prohibitivo cada vez con menos adictos.

Renunciamos a lo superfluo (como si fuera un mandato divino), hemos aprendido hacer milagros, agudizado el ingenio e impulsado la solidaridad de barrio. Y sí, hemos optado por conformarnos, por soportar recortes injustos e, incluso, en mitad de tanto pesimismo, por buscar el brote verde de la felicidad entre los nuestros. Porque pase lo que pase, siempre estarán ellos.

Total, que parece que lo de la recesión sea al final una enfermedad que puede tener efectos positivos: volvemos a valorar las cosas, recuperamos la coherencia y nos damos un baño de humildad (con permiso del triste Cristiano). Eso sí, sólo si se trata con el jarabe del optimismo. El problema es que la realidad a veces llega a ser tan amarga que no hay jalea real de positivismo capaz de apaciguar sus dolores.

Por cierto, mis hijos podrían beber medio vaso de leche al día. Besos.

  El Comecocos, Jesús Trelis. Las Provincias, 8 de septiembre de 2012

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