LA VIEJA SIRENA

Les dije que no me había podido quitar de la cabeza aquella imagen en toda la noche. Una embarcación de recreo había avistado un cuerpo flotando en el mar. Un cuerpo que bailaba solitario con las olas como un trozo de corcho huérfano, como una botella sin mensaje o como un despojo a la deriva.


Una de las sirenas, con las escamas oxidadas por el salitre y los años, me contó que posiblemente se tratara del cuerpo de Kassan, un joven que fió su futuro a una patera pero que una ola enfurecida se lo tragó. Apenado, le conté como en un viaje reciente a Sudáfrica me pidieron que tuviera cuidado cuando saliera por las ciudades, que no llevara objetos de valor encima y que siempre me moviera con taxi. «La vida aquí no vale nada», me repetían.

Le pregunté a la vieja sirena qué valor tiene una persona: cuánto puede valer una vida como la de Kassan, la de un turista en Sudáfrica, la de un embajador de Estados Unidos en Libia o la de un niño en Etiopía. La dama del mar subió a la tabla sobre la que flotaba y me susurró: «Eres tú quien pone el valor de una persona, quien decide si la vida de un clandestino vale más o menos que la de un diplomático».


Foto Jesús Trelis

Inquieto, le respondí que no soy yo quien dicta si es más importante la existencia de uno u otro. «La vida cotiza dependiendo del dinero que se tenga, del poder, del color de la piel, de las creencias... Para mí, todas valen por igual, pero la realidad es otra», le añadí.

La vieja sirena se lanzó de nuevo al mar. «¡Déjate de estupideces!», arremetió. «Eres un cínico cuando dices que le das el mismo valor a una vida que a otra. Mientes, maldito humano», exclamó. «El verdadero valor de tu vida depende del cariño que te tienen quienes te rodean. Si te quieren mucho, vales mucho. Pervivirás en su memoria», sentenció.

«¡Hablamos de cosas distintas!», exclamé confundido. Tanto que, de pronto, me di cuenta de la extraña situación en la que estaba metido. «Pero, ¿qué narices hago en mitad del océano, flotando por el mar y hablando con sirenas?», grité a la nada. Todas desaparecieron. Sólo quedó ella. «Esperas a Caronte, querido», me espetó.

A la velocidad de un rayo abrí los ojos. Amanecía. La radio de la mesita de noche permanecía en marcha desde que me acosté. «La policía busca un cuerpo que han avistado flotando en el mar ...». Imaginé a Kassan hablando con las sirenas. Y pensé que Caronte iría a por él para, a cambio de una moneda, llevarlo a Hades. Entonces caí en la cuenta: «¿una moneda?» Le tocará vagar por las tinieblas.

Tanto tienes, tanto vales. Besos.  

Jesús Trelis, El Comecocos. Las Provincias, 15 de septiembre de 2012

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