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INMORTAL


De cómo las primeras lluvias de otoño diluyeron la vida de la mujer sin nombre


Era la primera tarde de otoño. De otoño de verdad. Llovía. Hacía fresco. Había oscurecido tanto que las casas encendían las luces para hacer perceptible la realidad. Ella, sobre un banco del parque, miraba hacia el cielo. Recostada. Solitaria. Dejando caer la lluvia sobre su rostro... Su familia le llamaba Idri. Idrissa. Inmortal, en africano. Como su abuela. Pero ahora ya no tenía nombre. Sólo el que le quisiera poner su amo. Su último amo.

Su abuela nunca pensó, cuando Idri partió de su país, que no volvería a verla. Soñaba con que un día regresaría a su vieja casa convertida en una mujer de éxito. Esperaba que, al menos ella, la pequeña de los Diaby, cambiaría las miserias de su tierra, de aquel asentamiento a cien kilómetros de Johannesburgo, por los parabienes de un lugar que creían próspero.

La mujer que ahora no tenía nombre también soñó con ello. Y pensó que reuniría lo suficiente como para regresar a su tierra, montar un negocio y recuperar ese amor de adolescencia que rompió para conquistar la vieja Europa.

Idri creyó que podría hacer de su vida algo más que un puñado de miserias. Las dos soñaron con ello... pero la pequeña de los Diaby acabó sobre un banco del parque con la mirada perdida. Esperando el momento. Recordando pasados: las carreras con sus hermanos por los campos quemados camino de la escuela; las muñecas de trapo que le regalaba su querido amigo Joao; la batalla por ser la primera en la iglesia; el "blues" que entonaba su madre los días de fiesta; la mañana en la que les abandonó; las casas de barro, y las minas de carbón.

La mujer que no tenía nombre recordaba sobre aquel banco su pasado y revivía su presente. Sus días en la tierra de las promesas donde se había convertido en una desconocida a merced de quien le pagaba por lo que para ella siempre fue una violación eterna. Abusos y maltratos que ahora le dejaban bajo la lluvia a las puertas del adiós.

El tinte de sus cabellos se diluía. El caoba se deslizaba por su cuerpo como la sangre que brotaba paciente de su vientre apuñalado. Sangre, lluvia, futuro, sueños... fluían juntos hasta el charco de la vida. El único legado que dejó esa mujer que ahora no tenía nombre y a la que su amo, su último amo, decidió rasgarle la tripa.

En la calle, gritaban por los recortes. En Moncloa, anunciaban presupuestos. En la mina de Marikana, reclamaban dignidad. En un arrabal de Johannesburgo, la abuela Idrissa moría pensando que su nieta había triunfado. Las dos soñaron.

Las dos huyeron. Besos.   Jesús Trelis, El Comecocos. Las Provincias, 29 de septiembre de 2012

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