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LA CUERDA FLOJA


De cómo las soledades son menos cantando con los autillos y comiendo galletas de Mere Poulard


Philippe Petit tuvo un sueño mientras esperaba en la consulta de su dentista en París. Quería recorrer a través de un cable de acero la distancia que separaba a las Torres Gemelas de Nueva York. Seis años después, en agosto de 1974, llevó a cabo su peripecia. Fue tal su éxtasis que Philippe llegó a sentarse en mitad de aquel cable a 400 metros de altura. Desde allí, envuelto por la brisa del abismo, observó el despertar de Manhattan. Del mundo y sus gentes. Era lo que buscaba. O eso creo. Estar por encima de todo, arrancar la admiración unánime y espantar la soledad que le ahogaba.

Margot todavía vivía en París cuando su compatriota salió en los televisores de todo el planeta desafiando la gravedad sobre aquella "cuerda floja". En aquella época ya había decidido dejar su carrera de bailarina y marcharse a España con aquel camarero que conoció en un café junto al conservatorio. Tobías, aquel joven se llamaba Tobías, siempre le regalaba galletas de Mere Poulard. Las mismas que, casi cuarenta años después, todavía le acompañan.


Soledades. Foto J. Trelis

De hecho, cada mañana, Margot toma tres galletas de la caja que le mandan todos los meses desde Mont Saint Michel. Las coloca junto al café con leche y, oliendo su intenso aroma a mantequilla bretona, se las come con delicadeza. Cerrando los ojos, desempolvando el pasado y recordando a Tobías. De los paseos juntos por el viejo París a las madrugadas en las que él regresaba de hacer el turno de noche en la estación de trenes y juntos se desayunaban la vida.

Tobías pasaba los días en la garita de aquel nudo ferroviario sin más compañía que un silbato. Ella le decía que se llevara algún libro, la radio, algo que llenara el vacío. Pero él era contundente: «¡Si tengo el silbato de guardavía!». Pasaba las noches haciéndolo sonar. Hablando con los autillos. Él silbaba y ellos le respondían. Los vecinos de las aldeas cercanas a la estación presentaron una protesta formal a Renfe. Pero no hizo falta jubilar a Tobías antes de hora. Un terrible cáncer de huesos le arrebató la vida de forma precipitada.

Dice Margot que el último suspiro se lo dedicó a los autillos, haciendo sonar el silbato en mitad de la noche. Ella se pasó la madrugada del adiós comiendo galletas de Mere Poulard entre lágrimas. Espantando la soledad de la muerte.

Desde entonces, la joven bailarina que nunca llegó a serlo por amor, se imagina paseando sobre un cable de acero de estrella en estrella. De nube en nube. Como su compatriota Philippe Petit. Y allí, a miles y miles de kilómetros de altura, comparte con Tobías las galletas contra la desmemoria. Su antídoto contra la soledad. Besos.   Jesús Trelis, El Comecocos. Las Provincias, 13 de octubre de 2012

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