CHIRIMIRI

De cómo la lluvia fue calando, larga y lenta, hasta acabar tiñendo el paisaje de gris eterno


Las nubes parecían haberse instalado para siempre en el paisaje. Todo estaba gris. Todo era gris. Y el cielo se deshilachaba dibujando versos. Versos -no sé por qué- de Celaya: «Llueve largo. Llueve lento».


La lluvia hizo del cristal de mi ventana un poemario. Riachuelos incontrolados fueron escribiendo -insisto, no sé por qué- historias de Celaya: «El herrero de Ituren, Xosé Ramón Iribas,/ le ha dicho a su mujer: Vete a buscar el Santo,/ que lo tengo que fundir para hacer unas esquilas». Su esposa puso el grito en el cielo -«¿no será eso pecado?»- y el santo -eso lo digo yo- salió corriendo. No quería acabar transformado en una docena de cencerros.

Leyendo al poeta que murió olvidado se me fue el santo al cielo. (Nunca mejor dicho). Y me imaginé lo que el herrero de Ituren sería capaz de hacer con esos aviones que ahora bombardean Gaza -cosas de las guerras-. Calculé cuántas esquilas podría sacar Xosé, cuántas vacas podrían lucir sus hermosos cencerros, cuánta leche podría conseguir y cuánta gente alimentarse con ella. Solito me metí en el cuento. El de la lechera.

El mismo que le contaron a aquellos que soñaron que el banco les daría el dinero, con él comprarían una hermosa casa, tendrían vistas al mar (o a la montaña), y serían felices, y comerían perdices? Todo maravillosamente ideado hasta que el cántaro se rompió en la puerta de la lechería. (Perdón, de los bancos).

El mismo cuento que nos contaron nuestros políticos. Esos que alardearon de extrema generosidad negociadora. Y que nos creímos. Pensamos que, ahora sí, se iban a tomar en serio el tema. Que intentarían zanjar el drama: dos muertes, miles de tragedias personales, alzamientos, pisos precintados, llantos... Pero se quedaron a medias. No hubo pacto y se rompió el cántaro. Quizás todo fue parte del teatro.

«Nada es verdad ni mentira. Todo es ficción, todo magia,/ fascinación, trampa, encanto, mentira y naturaleza», leí en el cristal mientras fuera seguía lloviendo. El poeta burgués que se hizo comunista, empañó con sus recuerdos y sus poemas la ventana de mi casa. Y dejó sobre ella versos que hablan de un escritor controvertido, a veces surrealista, a veces desgarrador. Un hombre más entre muchos que murió sumido en la pobreza. El poeta olvidado. Por unos y otros. Casi desahuciado. Como tantos...






«Llueve sin más. Llueve tonto», escribía. «Llueve, y llueve, y llueve». Todo estaba tan gris. Todo era gris. Tanto que parecía irreal. Imposible. Y hasta mis besos de despedida huían de salir a la escena por si resultaban ser pura mentira.   Jesús Trelis, El Comecocos. Las Provincias, 17 de noviembre de 2012

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