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FUNDIDO EN BLANCO

Siento el filo de la aguja en mi antebrazo. El látex que cubre las manos de los enfermeros. Cómo me cogen. Me levantan. El aliento de uno de ellos en mi cara repleta de sangre. Los destellos de las sirenas que atraviesan mis párpados. Algún grito en mitad del trasiego. Llantos. Richy. Es Richy que está llorando. Siento el filo de la aguja. La sangre en mi cara. El frío.


De pequeño quería ser como Alfanhuí. El del libro. Alfanhuí secaba la piel de los lagartos y del polvillo que caía hacía tintes. Con las raíces de un castaño conseguía que la pintura se elevara hasta sus hojas y el árbol se transformaba en una especie de mar de colores. Negros, rojos, dorados. Siempre me pareció una genialidad. De hecho cacé lagartos y los sequé al sol durante muchos veranos, pero la cosa quedaba ahí.

Ha sido la historia más fantástica que he leído. En verdad es la única que he leído. Me obligaron en la escuela, pero me gustó. La escribió Sánchez Ferlosio. Me acuerdo. Es el único escritor que recuerdo. A mí me gustan las carreras de motos.


Árbol. Obra de Javier Trelis
 Escuché a los enfermeros decir que seguía vivo, pero que me desangraba. Que me perdían. Intentaba decirles que no, que estaba ahí, que me resistía a morir. «Sólo queríamos llegar hasta las raíces de aquel árbol. Ser como Alfahuí», llegué a sollozar.

Esa noche, antes del accidente, le conté la historia a Richy. «Me obligaron a leerla en el puto colegio», le aclaré. No quería que pensara que soy una niñata. Él me retó entre risas a hacer lo mismo. A meternos en las raíces de un árbol con el coche. Me dijo que no me atrevería. Y se mofaba muy pasado. Aceleré el Audi y lo encaré hacia el castaño que teníamos al final de la autovía.

Siempre fui el más osado de la pandilla. Cuando cumplí dieciocho años lo celebré subiéndome a una torre de alta tensión. Tenía que demostrar a los colegas que era el más grande. Juancho subió después de mí. Tocó donde no debía y saltó por los aires. Fue duro perderle.

He dejado de escuchar las sirenas. Y el llanto de Richy. En realidad no escucho, ni veo nada. La maldita farlopa que nos tomamos lo ha borrado todo. Estoy en blanco.

Mi vieja me decía que iba acabar mal. Se cabreaba mucho cuando le robaba para colocarme. No entendía que no podía ir con mis colegas sin mi ración de coca. Era el líder. Aunque.... de verdad lo que siempre había soñado era ser como Alfanhuí.

Todo es blanco. No siento nada. Sólo intuyo a mi madre. Me besa. Besa mi piel pálida mientras mi alma huye por un bosque de castaños con hojas de colores. No estoy. Me voy. Quizás sea esto la muerte: castaños de colores y besos añorados.   Jesús Trelis, El Comecocos. Las Provincias, 3 de noviembre de 2012

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