ENTRE DESEOS

Saltó de su nube y lanzó un profundo bostezo. «Ya no estoy para estas cosas», espetó. Los deseos empezaron a volar hasta aquella jaula con forma de sol. La gran esfera rodó y rodó. Ella la frenó, abrió una pequeña puerta situada en la parte inferior de la jaula y los destellos salieron rodando. Al gran chef le cuajó la salsa y ganó una estrella Michelin; a la Bella Durmiente le besó el príncipe y despertó, y en el desierto de Atacama, miles de niños vieron llover por primera vez en su vida.


La joven estudiante logró la beca y dejó el bar donde servía tomas a perdedores y desarraigados. Eusebio, embriagado del entusiasmo de la joven camarera, aparcó las copas de más, las resacas y los lunes al sol. Un amigo, carpintero, al ver que se centró, le dio un puesto de trabajo como montador. El día después, el colega carpintero recibió una buena nueva: su mujer estaba embarazada. Tras seis años de fracasos y depresiones, esperaban su primer hijo. Su vecina, la del carpintero, dio a luz a María esa misma madrugada. Le pusieron la soñada epidural y el parto fue rápido, para alegría de su familia. Y de la matrona que le atendió, que esa tarde descubrió que a su padre le habían brotado por fin las fresas que plantó en primavera y había superado un cáncer que pintaba mal. Muy mal.

Su padre, el de la matrona, decidió celebrar su victoria contra el maligno bailando jotas con los compañeros de partida en el hogar del pensionista. Sólo faltó Mariano, barrendero retirado, de Rubielos, y entregado ahora a salvar a su esposa Josefina del mal de la desmemoria. «Se han ido a Nueva York», gritó uno de los fijos al mus. Mariano les contó que un tal San Nicolás se le había presentado en casa y le entregó un viaje para dos. Y aunque nadie se creyó su historia, lo cierto es que allí se marcharon. Josefina, con 80 años, conoció la ciudad de los rascacielos. Su sueño de juventud. Y se sintió como Audrey Hepburn, y creyó que su marido era Paul, y le abrazó bajo la lluvia mientras sonaba "Moon River".

A un escritor que contempló en Manhattan a los dos ancianos fundidos bajo el diluvio, le llegó la perdida inspiración. A lo Truman Capote. Y logró acabar su libro: «Los sueños son puentes hacia la cima de la vida. Ese lugar donde, entre soles y tempestades, espera impaciente la dama del adiós, la novia del viento».

La jaula de los deseos paró y la diosa Fortuna volvió a su nube. A sus pies, los sueños cumplidos seguían vivos: la novia del viento, un viaje a Nueva York, un cáncer vencido y unas fresas, una niña que llega y otra que vendrá, un trabajo de montador, una beca, la lluvia... Un beso y una estrella.   Jesús Trelis, El Comecocos. Las Provincias, 22 de diciembre de 2012

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