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MELQUIADES

De cómo descubrí que es necesario volver a creer en los alquimistas de Macedonia

Aquella noche de san Andrés, mientras el frío se colaba por las ventanas del comedor, tuve la sensación de estar viviendo en un mundo que desciende por el vertiginoso tobogán de la depresión.


Aquella noche, ante la mesa camilla, mis ojos bailaban entre los poemas que inundan el último libro de Michel Houellebecq y por mi cabeza danzaban versos sueltos de una actualidad que parece escrita por el clan de los poetas malditos. «La vida se escurre a pequeños intervalos;/ Los humanos bajo sus paraguas/ Buscan una puerta de salida/ Entre el pánico y el aburrimiento/ (Colillas aplastadas en el fango)».

Fue allí, ante la mesa camilla, cuando me vapuleó la imagen Gao Ping. El cabecilla de la trama china acusada de blanqueo, detenido entre vítores y fanfarrias, abandonaba ahora la prisión por un fallo judicial. Un error. Un simple error. Y fue allí, ante la mesa camilla, donde quedé consternado por la muerte de la quinta víctima del Madrid Arena. Y sentí rabia a medida que descubría que aquella macrofiesta era, en verdad, un negocio sin ley en el que se buscaba ganar dinero a toda costa. Más allá de las normas de seguridad, aforo, servicios de emergencia... Errores. Una cadena de errores, decían ellos. Como si el error pudiera ser sinónimo de justificación.

La noche de san Andrés, con el frío denso colándose por la ventana y la actualidad desconcertante azuzándome, pensé que necesitamos ilusionarnos de nuevo. Volver a fascinarnos por algo. Creer en alguien. Y no sé por qué me acordé de Melquiades. Del corpulento gitano de "Cien años de soledad" -«de barba montaraz y manos de gorrión»- .

Recordé cuando llegó a Macondo con «la octava maravilla de los alquimistas de Macedonia». Me emocioné pensando cuánto disfruté leyendo el inicio de la obra maestra de García Márquez y cuánto me entusiasmé imaginando calderos, tenazas, clavos? salir disparados de las casas de Macondo hacia aquellos metales mágicos.

Pensé en aquella frase que el gitano pregonaba y nunca he logrado olvidar: «Las cosas tienen vida propia, todo es cuestión de despertarles el ánima». Cerré en ese instante el libro de poemas de Houellebecq y me salí de su paraguas. Ese en el que dice que vamos los humanos buscando la puerta de salida... Y me marché a dormir con el firme propósito de buscar la entrada hacia un mundo en el que volvamos a creer en los alquimistas de Macedonia. Convencido de que hay que saltar del estercolero y emprender nuevos caminos por el desfiladero de la dignidad.

Besos bajo la manta.   Jesús Trelis, El Comecocos. Las Provincias, 1 de diciembre de 2012

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