MAGOS


De como las hadas de latón tomaron el cielo estrellado y Melendi dejó caer unas lágrimas desordenadas
Baltasar salió de su jaima en plena noche. No podía dormir. Melchor andaba ya por allí desde hacía horas. Estaba junto a la hoguera leyendo. "Los nervios de la vigilia", pensó. Se le acercó y le confesó que andaba preocupado: "no acabo de entender por qué se empeñan en cuestionarse si venimos de aquí o de allí, si existimos o no… No comprenden nada”. Melchor, cogiendo a su compañero del antebrazo, le susurró: “¿No te da la sensación de que han perdido el norte?”. Baltasar asintió con la cabeza. “¿Qué será de nosotros si se pierde la magia?”, añadió Melchor jugando con sus barbas blancas. Los camellos se movían inquietos; sus pajes dormían, y un infinito de cartas esperaba a que los Magos les dieran vida.

De pronto, apareció Gaspar desde su tienda: “¡Majestades! Basta de lamentarse. Amanece y aún tenemos mucho trabajo”. Melchor se apresuró en contestarle: "Envidio vuestra energía... pero es cierto, somos los únicos que no podemos perder la ilusión”. Baltasar añadió con rotundidad: “Nosotros tenemos la magia. Ellos, la ilusión. Sólo tienen que dejar fluir sus sueños". Y soplando los tres Magos sobre un montón de cartas que esperaban junto a la hoguera, los deseos empezaron a flotar como estrellas fugaces. Muñecas que parecían monstruos se daban la mano con peluches de Caillou; helicópteros teledirigidos volaban entre hadas de latón; futbolistas metidos en videojuegos lanzaban balones virtuales a la luna; y, entre las estrellas, aparecieron bolsos grandes como nubes, pulseras y pendientes brillantes, libros que eran pájaros, tablets, móviles y karaokes con lo último de Melendi: “Y puse tus recuerdos a remojo /y flotan porque el agua está salada/ salada porque brotan de mis ojos/ lágrimas desordenadas”.

“¡Mirad, la carta del viejete que pide todos los años su tableta de chocolate”, exclamó Gaspar con una amplia sonrisa. Melchor le miró consternado. “Este niño quiere una recortada para ir al colegio; tiene miedo a que un loco le pegue un tiro”, masculló. Los otros Magos intentaron consolarle. Le recordaron que también había pequeños que pedían que no le quitaran la casa a sus padres, que confiaban con ellos para que su hermano mayor encontrara trabajo o que querían medicinas para curar a sus abuelos del mal de la tristeza. “El Mundo puede dejar de creer en nosotros, pero mientras un pequeño, aunque sólo sea uno, siga soñando con los Reyes Magos, continuaremos existiendo”, remarcó Baltasar. Y los tres reyes entrelazaron sus manos y las apretaron con fuerza. La lluvia de estrellas y de sueños se intensificó.Y una aurora boreal cruzó el cielo. Al amanecer la magia había conquistado el día. Y hubo besos de regalo.



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El Comecocos, Jesús Trelis. Las Provincias, 5 de enero de 2013. Fotos Jesús Trelis
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Ubicación:Calle de Campos Crespo,Valencia,España

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