PENTAGRAMA

Hace unos días, tras una placentera comida, una buena amiga sacó su viejo violín, se lo colocó en el hombro y lo hizo sonar. La música que emanaba de aquel instrumento me cautivó. Me quedé pensando cómo un instrumento tan frágil como el violín podía esconder en su interior un alma tan potente. Y, por unos instantes, mi vista quedó atrapada por ese arco que recorría delicado sobre las cuerdas... sol, re, la, mi.


Reflexioné sobre el mérito que tiene tocar bien un violín; saber trasmitir con su música la más profunda felicidad o la más intensa melancolía. Y pensé en la cascada de emociones que despierta toda una orquesta, repleta de instrumentos en manos de ilustres intérpretes. Y cómo el director es vital para que cada músico toque la nota adecuada en el momento indicado.

Una simple batuta debe ser capaz de sacar lo mejor de cada uno de los componentes de su orquesta, de extraer el alma que esconde cada instrumento para conquistar a su público. Como hizo Welser-Möst en el último concierto de Año Nuevo, que logró de sus músicos una interpretación espléndida de "El Carnaval de Venecia" mientras repartía peluches entre los solistas.

Por todo eso, parece claro que un director de orquesta no puede permitirse que uno de sus músicos toque el violín como si fuera una matraca. Sería como si un instrumento de aire -el fatídico aeropuerto de Castellón, por ejemplo-, se usara como uno de percusión -para hacer carreras de coches-. Tan absurdo como que, dentro de la "Orquesta del poder", los responsables de gestionar las ayudas al Tercer Mundo, a los que se les presupone sensibilidad extrema con el tema, llamen a sus beneficiarios «negratas» y dediquen los fondos solidarios a menesteres vergonzantes.

Todo eso desafinaría mucho. Como que el señor del dinero, el tan renombrado tesorero -que debe ser de máxima confianza y total transparencia-, se dedique presuntamente -eso que no falte- a evadir dinero; o que un Gobierno que no puede pagar las ayudas a los discapacitados sea el dueño de un equipo de fútbol; o que un país tenga casi seis millones de parados a los que ya les da igual si suena la flauta o no.

Foto Jesús Trelis

Al director de una orquesta y a sus músicos se les aplaude cuando llegan al teatro y se les ovaciona en pie cuando se van. Es lo habitual. En la "Orquesta del poder", eso ya es historia. A los admirados políticos, a los que antes todos querían arrimarse, se les recibe ahora con pitidos e insultos y se van por la puerta falsa. Cabizbajos. Será que más que una orquesta estamos ante una banda... Y no hay un Welser-Möst capaz de dirigirla. Besos...sol, re, la, mi.     Jesús Trelis, El Comecocos. Las Provincias, 26 de enero de 2013

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