PROHIBIDO SOÑAR

De cómo descubrimos al calamar gigante en la isla de Chichijima y lo que luego nos aconteció



Regresaba a casa por la calle de las tristezas, donde las farolas iluminan miserias y los contenedores están repletos de desdichas. Eran las once de la noche. Los últimos cuervos vigilaban en silencio. Di una docena de pasos más y llegué. Abrí la puerta y el confortable calor de los míos me abrazó como la brisa en el mar. La sensación de felicidad destapó el tarro de las ilusiones que andaba perdido por mi cabeza. Corrí a su habitación. Dormían. Las desperté: «Nos vamos peques». Abrí la puerta del armario, aparté la ropa, saqué el rollo con el viejo mapamundi y lo desplegué en el suelo. Señalé un punto en el Océano Pacífico, junto a la isla de Chichijima. Unimos nuestras manos y saltamos sin pensarlo.


El oleaje jugaba con nuestros cuerpos como si fuéramos espuma; cogí a las dos niñas y nadé con ellas hasta una roca que se dibujaba en el horizonte. Una vez allí, como si lo hubiese planeado Julio Verne, descubrimos que en verdad estábamos a lomos de un submarino. Después supimos que era el mismísimo Nautilus. Allí estaba él. «Os esperaba», aseguró el capitán Nemo. Olía a tabaco de pipa.

Con cierto cosquilleo en el estómago, descendimos a 604 metros de profundidad. Y lo encontramos. «Aquí está, el calamar gigante del que ahora hablan todos», exclamó Nemo señalando a través de una gran cristalera. Ante nosotros teníamos los trece metros de aquel animal que parecía de plata, con tentáculos de cinco centímetros y un amenazante ojo del color de las violetas. «Siempre quise comer calamares a la romana del tamaño de una rueda de camión», dijo una de mis pequeñas con su eterna sonrisa. Como si se hubiese sentido amenazado, el animalejo se abalanzó sobre el Nautilus, rompió la cristalera y, lanzando un trepidante chorro de tinta, tiñó todo de negro y nos impulsó hacia la nada. Salimos volando como hombres bala.

Rompimos la barrera del sonido y pasamos junto a Marte, y Saturno. Aterrizamos en un planeta desconocido. Vimos jirafas que hablaban portugués, palmeras que corrían como bólidos y rocas de praliné. Todo lleno de imposibles. Como el tremendo sol con destellos ensangrentados que rompió la noche y me despertó del ensueño.

Salté de la cama alterado. Tenía las manos negras. Froté con jabón sin éxito. Desesperado, acudí a la habitación de mis hijas, recogí el mapamundi y las desperté. «¡Al colegio!». Me asomé a la ventana. Los cuervos permanecían en la calle de las tristezas. «Si se enteran que he soñado, me matan», me dije mirando las manos llenas de tinta. Las jirafas seguían cantando fados en mi cabeza. Besos. Besos de calamar.   Jesús Trelis, El Comecocos. Las Provincias, 12 de enero de 2013

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