478 PALABRAS

De cómo conocí al joven de las pompas gigantes de jabón y lo que acontenció

Permanecí frente a él durante horas. Observándole. Intentando descubrir su técnica. Los viandantes le miraban fascinados. Cuando llegó la hora del almuerzo, los curiosos empezaron a desaparecer. El joven que hacía pompas gigantes de jabón se me acercó. «¿Qué coño haces aquí todo el día?», me espetó. «Échame algo en el sombrero y vete». Le dije que era un contador de historias. Él suspiró: «¡Otro que se cree escritor!». Y empezó a divagar: «Casi todos los desquiciados de este país se empeñan en escribir un libro. Y los que no, se montan un bar y se creen que son Camarena». Le intenté replicar, explicarle que no era un escritor, sino un contador de historias. Pero me ignoraba. «Todos creemos que tenemos dentro un Michel Houellebecq y que vamos a escribir "Las partículas elementales"», sentenció.



Foto Jesús Trelis


Me acerqué hasta el sombrero del suelo y dejé caer un billete de diez. Como un mafioso engreído. El joven se quedó mirándome. «Pero, ¿qué coño quieres?», me interpeló. Le reiteré que era un contador de historias y que eso buscaba. Él me dijo que la suya era muy vulgar: un licenciado más en Filosofía y Letras, que había fracasado, que se buscaba la vida por la calle haciendo números circenses y que aspiraba a... Titubeo y yo acabé la frase: «A ser catedrático y a escribir una gran novela. Como los desquiciados de este país, tú también quieres tener tu gran libro». Me sentí cínico, pero continué: «Todo el mundo esconde algo fascinante por muy insípida que sea su realidad, por muy corriente que sea su verdad». Me miró incrédulo, como pidiéndome que le dejara. Le cogí por el brazo y le aclaré mis intenciones: «No busco tu historia; busco una hazaña». Y le expliqué que quería que hiciera una pompa de jabón tan grande que me pudiera engullir y me elevara por el cielo. Lanzó una carcajada e hizo ademán de marcharse. Saqué otro billete de diez y, de nuevo a lo mafioso, lo dejé caer en su sombrero. «Inténtalo», le pedí.

Durante horas me fue lanzando grandes pompas de jabón. Los turistas se reían. Nos fotografiaban. Yo me sentía como un payaso. Un titiritero. ¡Como Beppe Grillo! Pero insistí en meterme en las burbujas e intentar volar. Y el sombrero del joven que hacía pompas gigantes se fue llenando de dinero.

Al caer la noche, fue a su mochila y me lanzó una edición de bolsillo de "Pulp". Yo le di una libreta Moleskine que tenía para mi historia. «Dedicado a la mala escritura», le escribí copiando la dedicatoria del libro de Bukowski que me acababa de regalar. «Hemos hecho algo extraordinario», me susurró al despedirse. Él no lo sabía bien: durante unos segundos, había flotado dentro de la burbuja. Y como las pompas de jabón, mi historia estalló en 478 palabras. Donde lo cuento todo, donde no cuento nada. Besos.   Jesús Trelis, El Comecocos. Las Provincias, 23 de febrero de 2013

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