JEANNE HÉBUTERNE


De cómo intenté rescatar del pasado a la mujer de los treinta y un millones de euros




Reconozco que ando nervioso. A medio camino entre la emoción y la melancolía. Todo porque me he propuesto sentarte con mis palabras junto a Jeanne Hébuterne. Una mujer con una historia tan apasionante como estremecedora. Tan vibrante como triste. La joven que duerme junto a Amedeo Modigliani en el cementerio parisino de Père-Lachaise.

Imagino que Jeanne nunca sospechó que se podría llegar a pagar 31 millones de euros por un lienzo con su delicado rostro. El marchante de Modigliani, el poeta Léopold Zborowki, tampoco. O quizás sí. Tenían fe ciega en él. Lo que tengo claro es que la grandísima mayoría de habitantes de este planeta se habrán escandalizado por ello. Con la que está cayendo, cuesta entender que alguien pueda ir a una subasta y desembolsar un potosí por un cuadro. Sin embargo, debo confesar que llego a comprenderlo. Te diría más, si fuera multimillonario pujaría por tener ese Modigliani.

Me encantaría colocar el óleo con el rostro enigmático de Jeanne Hébuterne en mi casa. Sentarme junto a él, y pasar los días y las noches observando a la musa y amante del pintor de Livorno. Le pediría que me narrara los tiempos de la bohemia, cómo eran los días en Montparnasse, cómo transcurrían aquellas noches de borrachera en las que Amedeo recitaba a pulmón abierto versos del conde de Lautréamont. O los cantos de Maldoror: «Ya es hora de abandonar esos gloriosos recuerdos que sólo dejan tras sí la pálida vía láctea de los eternos lamentos».

Le preguntaría cómo una joven delicada, con sólo 19 años, de familia ultracatólica y con esa mirada inquietante fosilizada en sus ojos, pudo caer en los brazos de un genio que pasó su vida entre el alcohol y las drogas, la miseria y la enfermedad. Cómo pudo soportar esos años de pobreza extrema en los que su querido amante se consumía devorado por la feroz tuberculosis.



Sí. Pagaría 31 millones por tenerte en casa, acercarme hasta ese lienzo que te amordaza, romper el marco y liberarte del cuadro. Volver a traerte a este mundo, dar marcha atrás a los días y sacarte de la vida de Amedeo. Cambiaría la historia para que nunca te hubieses lanzado por aquella ventana, embarazada de ocho meses, el mismo día en el que los artistas de Montmartre enterraban como un noble al pintor de los desnudos sublimes, de las mujeres más bellas, de los trazos delicados.

Me gustaría traerte conmigo y que tuvieras otra oportunidad... Pero no. No soy un magnate. Ni el relojero que controla el tiempo. Además, sería injusto dar marcha atrás a tu historia de pasiones, por muy triste que sea el desenlace. Después de todo, en los cuentos de la vida hace tiempo que dejaron de servir perdices al final. Mis besos.

El Comecocos, Jesús Trelis. Las Provincias, 9 de febrero de 2013.

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