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JOSEPH


De cómo, paseando por los jardines vaticanos, me encontré con un anciano que fue Papa
Había algo en mis manos que estaba haciendo mover los dedos sin control por el teclado. Algo que llevaba el índice izquierdo hacia la letra B, el derecho hacia la e… hacia la ene… «Benedicto XVI», alcancé a escribir. Intenté frenar el impulso, pero ellas insistían. Todo eso pese a que tenía claro que no iba a dejar que el Comecocos entrara en el tema del Papa. «¿Quién eres tú para hablar del Pontífice?», me preguntaba una y otra vez. Y me resistía a hacerlo a pesar de que la tentación era grande: una historia repleta de metáforas que unía escándalos vaticanos, intrigas teñidas de púrpura y un sinfín de especulaciones.


Cuervos, lobos, corderos… Renuncié a escribir de todo ello hasta que la televisión me mostró la imagen de un anciano descendiendo de un helicóptero. Un hombre que casi no podía caminar, que arrastraba sus pies por el suelo lustroso del refugio papal de Castel Gandolfo. Un viejo Papa a quien las sandalias del pescador le pesaban como tremendas losas.

Descubrí en ese momento lo que, sinceramente, ya intuía: Benedicto XVI había sido un hombre cabal. Y se iba porque, como millones de ancianos, se ha convertido en prisionero de sus fuerzas. Demasiado débil para poder frenar las aguas turbulentas que, como en todos los sitios donde hay juegos de poder, agitan los bajos fondos. Porque, por encima de todo ello, Joseph Ratzinger es una persona mayor. Uno más de nuestros ancianos, de esa legión de veteranos de la vida y expertos en vivencias, que han construido nuestro pasado y que ahora viven el final de sus días atrapados en la cárcel de la debilidad o en la prisión de la desmemoria. Bajo la condena de la dependencia o en las redes de la enfermedad. Joseph es como el viejo camarero que a sus 80 y pico años se entrega al ejercicio de la melancolía con los ojos empañados de lágrimas. Es como la entregada costurera que, tras décadas enhebrando agujas, observa entre cataratas el final de sus días con la memoria repleta de descosidos. Joseph Ratzinger es como la anciana que habla cada mañana con las palomas que visitan su ventana y que son las únicas que entienden el intenso mal de la soledad. Él, como todos ellos, se ha convertido en el principal protagonista de esa historia de invierno que cada uno de nosotros escribimos cuando se intuye el final del camino.

Y lo imagino, con el tiempo, paseando por los jardines vaticanos. Imagino, incluso, encontrarme allí con él. Vestido de blanco, apoyado sobre dos bastones, caminando suave, reflexivo... «Usted es el Papa, ¿verdad?», le preguntaría. «Soy un anciano», contestaría. «Soy un anciano que fue Papa». En su mirada tengo claro que, entonces sí, estaremos ante el sucesor de San Pedro. ‘Multia basia’. O muchos besos.   Jesús Trelis, El Comecocos. Las Provincias, 2 de marzo de 2013

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