EL DIARIO


De cómo la vida está hecha de cosas sorprendentes e insospechadas

La joven salió corriendo por las escaleras de su finca en mitad de la noche. «¡Mi diario se ha vuelto loco!», gritaba. Sus vecinos acudieron despavoridos. Andaban tras ella intentando tranquilizarla. «¿Qué pasa?», le preguntaban. «¡Mi diario escupe palabras! ¡Escupe las palabras que escribo!», exclamaba.
El vecino del quinto, ese estudiante por el que ella sentía tanta atracción, le cogió de los hombros intentando frenar su histeria. «¡Todo lo que escribo en él me lo escupe!», balbuceó entre lágrimas. «Si escribo que soy una calamidad, me escupe calamidad; si le digo que mi vida es un desastre, me escupe desastre; si pongo que tengo ganas de morirme, me lanza con rabia la frase».
Los vecinos le miraban con incredulidad. «Esta chica debe de haber bebido algo», exclamó la jubilada con la que compartía rellano. El joven estudiante le cogió de la cintura y le invitó a regresar a casa. «Tranquila; volvamos, verás que no pasa nada», le explicó. «Debes creerme, mi diario me escupe palabras», replicó ella. La puerta del apartamento estaba abierta. Entraron. «Tómate una tila», le dijo él. Ella permanecía muda. Perturbada. Hasta que... «¡Dios mío, Dios mío!», repitió alterada. La libreta en la que la joven había ido confesando sus sentimientos pasaba las páginas a una velocidad de vértigo. Adjetivos, verbos, hipérboles... volaban. «¡Es el diablo!», gritó ella. Su vecino se lanzó sobre la libreta, apretó con sus manos las tapas y logró reducirla. «Tranquila, esto debe de tener una justificación», le dijo. Pero en un descuido, el diario personal se abrió y lanzó otra retahíla de palabras: «soy la mujer más monstruosa del planeta».
La frase voló y se incrustó en la frente de la joven. Ella calló en seco. «¿Qué está pasando?», preguntó aterrorizada. Las letras fueron bajando por la mejilla, deslizándose suaves hasta rodear su cuello. Suaves. Muy suaves. Y como una gargantilla asesina, la palabra «monstruo» multiplicó su tamaño y empezó a apretar con fuerza, con saña, hasta ahogarla. Él se lanzó a ayudarla. Empezó a quitarle las letras de encima, con delicadeza, intentando no dañarla. Intentando salvarle la vida.
Los dos quedaron tumbados en el suelo. Abrazados, temblorosos. El diario seguía dejando fluir los pensamientos que ella había escrito a lo largo de los últimos años. Sus lamentaciones y tristezas se elevaban por la nada y caían sobre ellos como plumas de tinta. Él la abrazaba, ella lloraba. «Sueño con un beso; con su beso», escupió la libreta. La frase reptó como una serpiente por el suelo y trepó por el pantalón del estudiante. Él la leyó a medida que ascendía por su cuerpo. Se abalanzó sobre la joven, la besó y el diario se cerró de golpe. La miró a los ojos, ella sonrió, se volvieron a besar y el hechizo de la bruja del desamor se esfumó.





Jesús Trelis, El Comecocos. Las Provincias, 7 de abril de 2013

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