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LAS BARBAS DE DON QUIJOTE

Unos y otros, metidos en el bolsillo, se miraban, se abrazaban, se lamentaban de su destino. La incertidumbre reinaba en el lugar. «¿Seré yo?», se preguntaban. Catorce de ellos, catorce euros como catorce corderos, iban a ser sacrificados en un supermercado de cuyo nombre no quiero acordarme...


Como un Quijote desquiciado cabalgó entre pilastras de papel higiénico que parecían gigantes y latas de mejillones que eran como caballeros armados. A lomos de su Rocinante, llegó hasta ellas. Víboras de lengua afilada dispuestas a sangrar su cartera. «Cuchillas siderales para hombres supersónicos», leyó. Más letales para la barba que el florete del hidalgo para los odres.

«Catorce euros en maquinillas... ¿Y si dejo de afeitarme?», pensó. Al instante, saltó indignado. «¡Me pica!», gritó ante la mirada atónita de un dependiente que reponía compresas. «Esto es un atraco», le dijo señalando a las cuchillas. El joven le recomendó otras más baratas, pero la simple propuesta le enfureció aún más. «Sí, hombre, y acabo como un Cristo», sentenció.

Caminó enojado con las maquinillas en la mano por el establecimiento. «Deberían subvencionarlas», murmuró. «Luego quieren que busquemos trabajo bien limpios, bien vestidos y bien afeitados». Y subiendo el tono, exclamó: «Esta España tan fantástica de los seis millones de parados es una estafa. ¡Qué salgan los malandrines de su escondrijo! ¡Necios, dad la cara!». Un vigilante le animó a pagar y a marcharse. Él se disculpó. «Perdone, perdone...».

Ya ante la cajera, los euros se echaron a llorar al sacarlos del bolsillo. «No nos entregues por unas miserables cuchillas», le rogó un compungido billete de diez. «Mantén tu dignidad, eres un hidalgo honorable», le susurró. Un euro desgastado, con más temple que el resto de sus compañeros, le tentó: «Usted que es como Alonso Quijano, ¿por qué no invierte este dinero en un libro del último premio Cervantes? Será pobre, pero feliz». Y le recordó cuánto le emocionó leer el discurso de Caballero Bonald al recibir el galardón: «Siempre hay que defenderse de la palabra de quienes pretenden quitárnosla. Siempre hay que esgrimir esa palabra contra los desahucios del alma».

La cajera observaba anonadada a aquel señor de triste figura que hablaba con las monedas, la gente murmuraba, los euros se agarraban a su mano izquierda sollozando y las maquinillas esperaban con sus filos relucientes. «¡Al carajo!», sentenció.


Atardecer. Foto Jesús Trelis

Ahora, con barba de varios días, lee versos de Bonald, soñando que el bien ganará al mal. Quizás entonces se vuelva a afeitar. «Despierta, ya /es de día, mira/ los restos del naufragio/ bruscamente esparcidos/ en la vidriosa linde del insomnio».

Besos, caballeros, besos.   Jesús Trelis, El Comecocos. LAS PROVINCIAS, 27 de abril de 2013

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