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VALENCIA, 13 DE ABRIL

Estaba desconcertado. Al llegar a casa, el profesor se encontró en el recibidor una carta. Un sobre amarillento, con su nombre escrito a mano y que remitía un tal Ricky Velasco, de los Hermanos Velasco. Pero lo insólito era el matasellos: la misiva había sido enviada el 6 de junio de 1968. El día en que nació el apasionado profesor de Arte.


«Ahora me llega una carta de hace casi cincuenta años... ¡venga ya! ¿Quién se está quedando conmigo?», refunfuñó. No había respuestas. La casa estaba tan solitaria como siempre. Abrió el sobre que apestaba a Barón Dandy, como su abuelo en la infancia, y empezó a leer: «Madrid, 6 de junio de 1968. Querido amigo, debes de estar descolocado. A mí me ha pasado lo mismo».

Ricky Velasco le contó que era el cuarto hermano de una familia de trapecistas, que a los doce años ya hacía triples saltos mortales y que, además de volar como las Águilas Humanas, había sido -decía con orgullo - tragasables, tragafuegos y hombre bala.

«Estás estupefacto, ¿verdad? Yo también», le insistió Ricky. «Estaba escuchando por la radio que habían pegado un tiro a Kennedy, cuando me he encontrado en la caravana una carta como la que estás leyendo ahora. Eso sí, escrita por un tal Manuel Esquivel, bodeguero en la Cava Vieja de Madrid y que me envió en 1913. El 13 de marzo de 1913. El día en que yo nací».

En ella le hablaba de la guerra en Europa, de que iba a abandonar este mundo dejando a su mujer con tres hijos a medio criar y de otras miserias de la época. «A mí me sucede lo mismo, te escribo sabiendo que en horas dejaré a mi familia para siempre. Aunque me consuela saber que a mis hijas les quedarán los cálidos aplausos del circo. A ti, que acabas de nacer y que cuando leas mi carta morirás, te pasará igual». Ricky Velasco -que sabía que ese mismo día saldría volando del trapecio hacia los infiernos- se despidió recordándole que ahora era su turno. «Somos una ofrenda a Satanás», concluyó.

El profesor cogió la carta y la rompió en mil pedazos. Segundos después apareció sobre la mesa de nuevo. Repitió la operación decenas de veces: la lanzó por la ventana, la quemó, la estrujó. Siempre reaparecía.

Pasó una noche terrible. De espanto. Al amanecer se puso a escribir entre lágrimas una misiva similar. «Soy un profesor de Historia del Arte, enamorado de los cuadros de Chagall, que me hubiese gustado tomar copas con Touluse-Lautrec y viajar con Gauguin al Edén de su Polinesia...».


Obra de Chagall.

El profesor murió aquel 13 de abril, a los 45 años, de un infarto, paseando por el viejo cauce del Turia, mientras su carta endemoniada viajaba hacia algún lugar donde nacía, sin saberlo, el nuevo hijo de la maldición. La última ofrenda al diablo.

Va por Sampedro, besos historiados.   Jesús Trelis, El Comecocos. Las Provincias, 13 de abril de 2013

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