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SALTAMONTES

Andaba pensando en montarme un criadero de saltamontes en casa. Como dicen los señores de la FAO que son tan nutritivos? Me los imagino, tras la presentación de su informe contra la hambruna, tomándose unas copas de Borgoña en un restaurante de alta alcurnia. «No, a mí no me ponga pichón a las tres cocciones, mejor cucarachas», diría alguno de ellos.


Comer insectos suele convertirse en una de esas pequeñas heroicidades que los occidentales solemos contar a los amigos cuando regresamos de un viaje exótico. Viajes a donde, creyéndonos aventureros, nos atrevemos a zamparnos unos escarabajos como si nada. Eso sí, sentados en lujosos restaurantes y rematando la jugada con un delicioso ceviche de pez león y unas cuantas copas de vino con burbujas.

No sé si el estudio realizado por la FAO servirá para eliminar el hambre. Bueno, perdón, sí que lo sé: rotundamente no. Lo que parece claro, al margen de eso, es que va a impulsar el consumo de larvas, grillos y otros bichos de todo tipo y tamaño. Gracias a la buena acción de la FAO, se va a poner de moda entre los occidentales -que son los que precisamente pueden elegir entre el solomillo de ternera y la caldereta de rape- la degustación de platos como los muslitos de saltamontes a la crema o las orugas al puturrú de foie.

Pero más allá de eso, lo que realmente me preocupa es que Merkel haya tomado buena nota de la propuesta del organismo de la ONU e impulse rescates a base de millones de insectos. «Al menos estarán bien comidos», imagino que le respondería algún mandamás en la Comisión Europea mientras se acaba su vichyssoise en un local de Le Grand Place.


«¿Y si se sirve en los colegios larvas a la boloñesa?», puede sugerir un asesor intrépido llevado por la pasión de ascender. Sin duda, sería nutritivo para nuestros estudiantes y nos ahorraríamos un pastón en estos tiempos tan apretados.

Posiblemente, en algún poblado perdido en la castigada Somalia, donde se nace sabiendo que con suerte te morirás a los cuarenta, alguna madre debe estar ahora intentando cazar algún alacrán para dárselo como primer y único plato a su hijo de once meses, y así rascarle un día más a la vida. Un alacrán que debería de ser simple y llanamente el símbolo de la vergüenza colectiva.

Comprendo ahora, pensando con las hormigas, a los dos gemelos que nacieron el otro día dándose las manitas. A todos nos sorprendió y nos enterneció. Pero, en verdad, no entendíamos que pasaba. O no supimos escuchar lo que se decían entre ellos: «tete, que carajos hacemos aquí». Aquí, en este mundo que clama por una plaga de langostas para acabar con el hambre. Besos.   Jesús Trelis, 'El Comecocos'. Las Provincias, 18 de mayo de 2013.

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