LA MALETA ROJA

La difícil y extraordinaria tarea de ser periodista en mitad de la tragedia
En el momento en el que me disponía a juntar estas palabras, escuché por la radio que una pequeña acababa de salir de la UCI. Era uno de los cuatro niños que permanecían en cuidados intensivos como consecuencia del accidente ferroviario de Santiago de Compostela. Y era, además, la primera alegría en ese mar de relatos dantescos. Me di cuenta en ese instante de que por mucho que me resistiera, no podía escribir de otra cosa: la historia del tren que nunca llegó a Ferrol. Un suceso que será muy difícil que desaparezca de nuestra memoria, porque las imágenes del tren convertido en un amasijo de hierros van a ir volviendo a nuestro pensamiento a medida que vayamos dándonos cuenta de que dentro de aquellas maletas apiladas junto a las vías del tren se escondían historias truncadas. Esencias de vida. El equipaje que nadie recogió se convierte ahora en la metáfora más agria y triste de la catástrofe. La maleta de un vendedor de kebabs que iba a Santiago a buscarse la vida; la de una profesora jubilada que volvía a su tierra para una celebración familiar; la de una directora de series de televisión que iba a descansar a Galicia; la de una estudiante que quería reencontrarse con sus compañeros de Erasmus; la de un periodista, Enrique Beotas, que pasaba de contar historias a formar parte de una de ellas. Porque Enrique, delante de un micrófono, seguro que hubiera contado en su "Rebotica" su amargura por el horror vivido en la curva de A Grandeira. Y se sumaría a muchos compañeros, muchísimos periodistas de todos los ámbitos y de todos los puntos de país que estos días se asoman a la tragedia para narrar lo que ven, descifrar las dudas y ponerle rostro a la amarga noticia. Es en esos momentos tan duros cuando uno entiende lo que es esta profesión. Lo que es el periodismo en estado puro. Ese que se convierte en el más imprescindible pero al tiempo en el más difícil. Todos quieren saber y todo hay que contarlo pero desde la serenidad y la coherencia. Desde el respeto y la más absoluta profesionalidad. Y es complejo porque es difícil describir lo que se ve sin emocionarse y muy difícil hacer entender lo que haces a los demás cuando estás rodeado de conmoción. Es difícil marcar el teléfono de un familiar de una víctima, hacer guardia ante las puertas de un hospital donde decenas de heridos se debaten entre la vida y la muerte, estar en el epicentro de la tragedia cuando suenan las sirenas... Y es difícil llegar a la historia de esa maleta roja que nadie recogió de las vías de tren y que esconde una vida rota. Es duro. Triste. Complicado. Pero ese es el periodismo que nos ha permitido vivir la tragedia con tal intensidad que nunca la podremos olvidar. Bicos. Jesús Trelis. El Comecocos. Las Provincias, 27 de julio de 2013

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