CÁPSULAS

Foto Jesús Trelis

Dinamarca encabeza el ranking de los países más felices del mundo. Le siguen Noruega, Suiza y un buen puñado de naciones que llevan mejor esto de la crisis. Copenhague es una ciudad que transmite buen rollo. Un mediodía cerveceando al sol en el canal Nyhavn puede ser una delicia. Te sientes, en efecto, feliz. Eso sí, hasta que toca pagar la cerveza y descubres que la capital danesa no está hecha para todos los bolsillos. Dicen que el dinero no da la felicidad, pero tiene muchos puntos para variar este sentimiento hacia un lado u otro. Quizás deberíamos decir que no sólo el dinero da la felicidad, aunque contribuye lo suyo. Que se lo digan a los padres que no duermen ante la inconmensurable cuesta de septiembre (que se ría enero): libros de texto que deben llevar una patina de oro, el comedor del cole en el que parece que sirven caviar y otros extras en forma de uniforme, compás (que apenas utilizarán) o juego de escuadra y cartabón (que mola un montón). Aunque todo es muy relativo. El tema del dinero no lo vive igual un padre de familia que un adolescente. Y los ingredientes que dan la felicidad varían según la persona, el contexto que le rodea y las prioridades que se marque. Puedo tener un yate en Marbella, un chalet en Saint Moritz y unos millones en Suiza pero mi pareja me pone los cuernos y se me va la vida en ello. Para algunos, la felicidad se encuentra en la báscula y aumenta cuando bajan los kilos. Para otros, está en un simple gol. Y para unos cuantos, puede esconderse en los libros. En un cuento: «Érase un niño que salía cada día, y el primer objeto que veía, en ese objeto se convertía,...» (Walt Whitman). En unos versos: «Me gusta,/ divertir a la gente haciéndola pensar./ Desayunar un poco de harina de amapola,/ irme lejos y sola a buscar hormigueros...» (Gloria Fuertes). O en un abrazo: «Los sueños se marchaban de viaje. Helena iba hasta la estación de ferrocarril. Desde el andén, les decía adiós con el pañuelo» (E. Galeano). En buena parte creo que la felicidad se esconde en las palabras y en los sueños. Y que va apareciendo en pequeñas cápsulasque te vas encontrando de forma inesperada. En un buen chuletón, en una ensaladilla de Vicente Patiño, en una escultura de Giacometti que parece que va a salir volando, en un Breakfast de Southampton o en una casa inacabada de las villas de Medellín. Ahí también está. Al menos hasta que los sueños se rompen, huyen las esperanzas, se acaban las palabras y hasta el alma enmudece. «El hombre feliz no es el hombre que ríe, sino aquel cuya alma, llena de alegría y confianza, se sobrepone y es superior a los acontecimientos», decía Séneca (sabio). El alma y tus sueños tienen la clave. Y hasta los besos cuentan.

Jesús Trelis, El Comecocos. Las Provincias, 14 de septiembre de 2013

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