CRUCE DE MIRADAS

Muchas veces, muchas, no nos damos cuenta. Vamos por el mundo con los ojos cerrados. Pasando de largo ante las evidencias. Sin mirada. Esa que nutre la vida. Miradas que se retroalimentan, que se cruzan en silencio, que se deslizan desde el banco del jardín, en la oficina, en la barra del bar donde tomas el café. La vida está hecha de miradas que son mensajes encriptados y sólo el alma es capaz de descifrarlos. Miradas llenas de deseo, de codicia, de envidia, de celos, de ternura, de sencillez, de pervivencia y de muerte. La mirada de un bebé y de un moribundo; de la víctima y del verdugo; de un banquero que sabe que cometió delito y de un payaso que llena el circo. La mirada alargada de El Greco y la convulsa de Francis Bacon; la fantástica de Lewis Carroll y la inquietante de Franz Kafka. La del premiado y la del humillado. La de quien desahucia y la del desahuciado. La mirada de quien olvida, del que se pregunta: «¿quién soy?». Desde la torre de marfil, entre pieles de visión, en el burdel, en el momento de la confesión. Miradas escarlata. Miradas rotas. De un Papa. De un Rey. De un ángel. La mirada de Francisco cautiva. Quizás porque nunca antes se había observado el mundo desde el Vaticano con tanta transparencia. Es la mirada sincera de quien quiere cambiar el mundo. Ojos que se pierden entre la multitud para reclamar justicia. Sin intrigas ni falsedades. Bergoglio mira limpio y su mirada empequeñece al resto de líderes del mundo. La mirada del Rey es íntima, rodeada de la distancia que impone el cargo y la lejanía que encarcela su realidad. Es, por encima de coronas y pedestales, la mirada de una persona que se hace mayor entre días desbocados, acelerados, atormentados. Sus ojos al llegar al taller transmitían cansancio. Y quizás también serenidad. Esa que trae la resignación. Y destellos de ternura. Sí, también esconden ternura bajo la patina humedecida de la esperanza y la resistencia. Los ojos de Asunta son la puerta a nuestra tristeza. Esos ojos que ahora rebosarían vitalidad, libertad, ilusiones. Como los de cualquier niña de su edad que suspira por un móvil, que quiere unas Vans y crea un mundo maravilloso con castillos en rosa. Los ojos cerrados de Asunta son, reitero, un azote de tristeza, de rabia, de impotencia. La mirada truncada. La mirada del ángel. Miradas en la trinchera, por la retaguardia, de reojo. Miradas que matan, que enganchan, que estallan, que flotan. Fugaces, enamoradas, apasionadas. La vida, te decía, está hecha de miradas que se cruzan, que te observan, que se esconden, que corretean en la imaginación. Miradas con enigma. Miradas encriptadas. Miradas con besos. Jesús Trelis, El Comecocos. LAS PROVINCIAS, 28 de septiembre de 2013

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