CIEGOS

La historia de un fracaso colectivo que se escribe a la sombra de Malala y de María Ángeles


En el fondo, parece que nos hemos resignado. Andamos cabizbajos ante la sombra de María Ángeles pero, cuando el viento se ha llevado las imágenes y los titulares, la olvidamos. Será hasta la próxima víctima. En ese momento, volveremos a la carga: «vaya horror, hay que prevenir, que mal lo ha hecho la justicia, hay que educar contra esta lacra en las aulas, las mujeres deben denunciar más...» Volveremos a revivir el drama, para volver a olvidarlo. Será otra mujer acuchillada, otra denuncia que quedó por el camino, otra víctima que perdonó a su asesino. Será, de nuevo, descorazonador.


Es cierto. Hay impotencia, sí. La sensación de que no podemos controlar estas situaciones. Pero nunca debemos hablar de resignación. Nunca. Aunque sea como pegarse cabezazos contra una pared hay que ir metiéndoles el dedo en el ojo a nuestros políticos y exigirles planes reales y útiles contra la violencia de género. Exigirles que se actúe con contundencia en favor de la igualdad. Una vergonzosa asignatura pendiente de nuestro planeta que aún observa perplejo cómo el trato vejatorio a la mujer -propio de primitivos y salvajes- forma parte del día a día.

¿De verdad no hay un puñado de expertos que puedan decir: «hay que hacer tal y tal»? No somos idiotas -o no tanto como algunos se creen- y sabemos que no existe una medida mágica que pueda acabar con el maltrato a la mujer y con esa epidemia que es la violencia de género. Pero siendo eso verdad, ¿no hay un paquete mínimo de propuestas que puedan aplicarse para frenar esta situación? 600 mujeres asesinadas en una década deberían hacer saltar todas las alarmas. 600 mujeres. Ninguna administración de ningún partido político ha sido capaz de luchar contra esta lacra. O al menos, de reducirla. De frenarla. No hay duda: estamos fracasando.

Nos debe avergonzar a todos que lo que no estamos logrando nosotros por la igualdad real de la mujer, lo está haciendo una niña: Malala Yousafzai, premio Sajarov a la Libertad de Conciencia. Ella, desafiando su vida, plantando cara a los mismísimos talibanes, ha logrado hacer visible en todo el mundo las atrocidades que viven las niñas en Pakistán por el hecho de ser mujeres. Ella, a la que un miliciano le disparó en el cráneo y en el cuello, nos debe causar admiración pero también nos debe corroer las conciencias cuando vemos que aquí, en pleno Occidente de las libertades, las mujeres siguen muriendo maltratadas sin que nada ni nadie logre -más allá de las palabras- frenar tan cruel realidad.

«Los ciegos no pueden amar a las mujeres/ porque no ven las palabras, bajo las que andan/ disfrazadas» (Cristina Peri Rossi).

Mis besos son para ti.
Jesús Trelis, El Comecocos. Las Provincias, 12 de octubre de 2013

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