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ANESTESIA

La historia de tres ángeles a los que observamos de reojo mientras chapoteamos en el barro EL COMECOCOS JESÚS TRELIS -------------------------------------------------------------------------------- Si no te apetece leer duras realidades descuélgate ya de El Comecocos. Sería más gratificante tocar el violón contando lindas milongas, pero a veces se me enciende la luz roja en la conciencia y me aboca al mundo cruel. Aquel día, pasé la página del periódico de manera automática. Al darme cuenta de lo que había hecho, paré en seco. Me vino a la cabeza la imagen que acababa de dejar atrás. Un flash borroso. Volví a ella y allí estaba. El último ángel. Lo sujetaban varios hombres. Quizás tres. Era difícil distinguirlo. Daba igual. Mis ojos, en verdad, se clavaron en su rostro: boca abajo, caído hacia la nada, pendiendo de un escalofriante vacío. Inerte. Su piel estaba embadurnada de un polvo gris. Verdoso. Amoratado. Secuelas del atentado. Los ojos estaban cerrados y, a su alrededor, su alma huía consternada de Damasco. El último bombardeo en el barrio de Duma le había arrebatado la vida a este pequeño -quizás tuviera ocho años, quizás nueve-. Cuentan las crónicas que junto a él fallecieron una veintena de personas más. Muchos menores. Yo había pasado página. Anestesiado. Cegado por una anormal normalidad que hace que nos preocupe más la esquizofrenia de la burbuja futbolera que una guerra a seis horas de avión de nuestro hogar. Las cosas que pasan más allá de las malditas fronteras parecen asuntos de otro planeta. Esta misma semana, un joven de quince años se ha convertido en un héroe en su país. Su alma también ha salido disparada. Aitizan Hasan se abalanzó contra un kamikaze que, con su cuerpo forrado de explosivos, se disponía a entrar en un instituto con cerca de 2.000 estudiantes. Lamentablemente Aitizan se ha convertido también en ángel. Otro héroe de la guerra. «Mi hijo hizo que su madre llorara, pero salvó a cientos de madres de llorar a sus hijos», sentenció su padre, Mujahid Ali. Una niña afgana de diez años se entregó hace unos días a la policía tras ser enviada por su hermano a inmolarse en un puesto de seguridad. Ocurrió en la provincia de Helmand, al sur del país. Spozhmai se quitó el chaleco con explosivos y huyó de casa. No quería volver con su padre y su hermano. Los talibanes son capaces de sacrificar a sus hijos por causas que, debo confesar, desatan un río de angustia en mi interior. Utilizar a los niños para la guerra es detestable. Que sean sus víctimas es abominable. Y que se tengan que convertir en héroes es infame. Pendientes de nuestros males -que a veces pasan por un grandioso Palau que se cae a pedazos, a veces por un campo de fútbol que nadie quiere acabar- cabalgamos indiferentes por la vida, ajenos a la mirada más cruel del mundo que compartimos. Nuestra sensibilidad chapotea en el fango. Besos.
11 DE ENERO DE 2014

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