EL AGUAFIESTAS



Aunque es un día para el buen rollo, tengo que confesar que nunca me ha casado que algo tan serio como los inocentes acabe convertido en jornada de broma. No es que quiera actuar ahora de aguafiestas, menos en mitad de unas fechas tan entrañables, pero es que me produce sensaciones contradictorias.
La mayoría de cosas que me vienen a la cabeza al hablar de inocentes me hacen poca risa. Vaya, ninguna. De hecho, ahora que el año encauza su recta final, cuando hablamos de ellos aparecen en mi memoria las víctimas de la que, para mí, ha sido la noticia más vergonzosa de 2013: la tragedia de Lampedusa.



Debo reconocer que cada vez que vuelve a la actualidad la fatídica realidad de la isla italiana, recuerdo la imagen dantesca de lo que allí se vivió aquel fatídico día de octubre. 500 personas a la deriva. De ellas, 200 desaparecidas. Sepultadas por el Mediterráneo. Y entre ellos, aquellos niños que se ahogaron junto a las ilusiones de sus madres y sus padres. Buscadores desesperados de un futuro mejor.
Ellos son la imagen más cruda de lo que son los inocentes. La punta del iceberg de una realidad que no deberíamos olvidar. Su triste adiós debe servirnos para recordar situaciones que viven niños de allí y de aquí. De los lugares que creemos que son el tercer mundo y de nuestro tercer mundo particular.




Porque, por muy asombroso que parezca, muy cerca de nosotros encontramos pequeños que sólo hacen una comida al día. Niños que padecen malnutrición porque los recursos de sus padres flaquean hasta derivar en situaciones estremecedoras. Niños que viven en directo el drama de un desahucio, del paro, de las tensiones en casa entre los padres, de las disputas en su hogar porque su familia no logra ver el final del túnel. Situaciones injustas que repercuten además en su rendimiento escolar: sin posibilidad de clases de refuerzo, sin accesibilidad a medios que mejoren su formación, sin casas en las que exista el ambiente adecuado para impulsar el estudio...





Hace diez años, en una ciudad de Ecuador, me encontré con un grupo de niños de la calle. Olfateaban botes de cola para subsistir en mitad de la noche. Siempre he querido olvidar aquella imagen. Nunca lo he logrado. Al contrario, los recuerdo y me entristece preguntarme qué habrá sido de ellos. Cuántos habrán sobrevivido y cuántos estarán entre rejas.



La inocentada de nuestros días es la indiferencia con que empezamos a aceptar que un niño se ahogue en Lampedusa, que un pequeño no pueda tener sus tres comidas al día o que un chiquillo sobreviva, aniquilando su futuro, junto a un bote de pegamento. Besos avergonzados.


Jesús Trelis, El Comecocos. Las Provincias, 28 de diciembre de 2013.



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