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ÍDOLOS




De cómo el éxito es una bestia que puede acabar devorándote



EL COMECOCOS /
JESÚS TRELIS


Justin Bieber ha pasado de ser un adolescente adorable -así lo calificó Barack Obama- a convertirse en un joven monstruito con las neuronas aparentemente de vacaciones y las hormonas disparatadas. No en vano, los propios estadounidenses, que se apresuraron en su momento a abrirle las puertas para encumbrarlo al éxito, piden ahora que sea deportado a Canadá, su país de origen.
No es el primer "juguete roto" de esta sociedad que devora a sus ídolos con gran intensidad. Les conduce hasta lo más alto y luego deja que se lancen solitos por el abismo. El catálogo de niños estrella que son explotados y luego abandonados es amplio, continuo y repartido. De Joselito a Miley Cyrus hay sólo un paseíllo. Pero esto mismo pasa en todos los ámbitos de la sociedad. No sólo con los niños precoces.
Ya sé que no es comparable, pero el caso de François Hollande, presidente de Francia, empieza a tener ese tufillo de estrella estrellada. Llegó al Elíseo para inaugurar un nuevo tiempo alejado de los mundos revueltos de la época Sarkozy. Sin embargo, en un tiempo récord, el objetivo se ha esfumado. No sólo en cuestiones privadas. Todas sus políticas sociales parece que van por el camino del carajo.
¿No le puede suceder lo mismo a la mujer de hierro de la UE? Angela Merkel acepta ahora adelantar la jubilación en su país a los 63 años, después de imponer a otros que sea a los 67. No es tan firme en sus principios como se creía. Bueno, según con quien. Desde luego con los que pueden moverle la silla parece que es receptiva.



Nuestro día a día está repleto de ejemplos de éxitos truncados, de dioses por un día, de gente que parecía intocable, que nunca caería. Lo observamos en el mundo de la canción, el cine, el periodismo, el deporte... El último, Sandro Rosell. Ha pasado de ser el todopoderoso culé que movía los hilos en Camp Nou a desaparecer del mapa sin duelo de por medio.





De la nada al todo hay un abismo. Pero del todo a la nada, sólo un suspiro. Por eso, el triunfo hay que buscarlo en el equilibrio, en la constancia, casi en el silencio. «El verdadero éxito está en disfrutar en el camino, no en la meta», leía el otro día en un libro del cocinero Eneko Atxa. Y en parte tiene razón. Aunque el éxito casi no se disfruta. Debes convivir con él sin que apenas lo aprecies. Sólo lo justo. Y aflorará el día en el que, cuando rozando el adiós, la gente de forma unánime dé el aplauso sincero a tu paso por la vida. La gente, tu gente. Sin estridencias. De lo contrario, tu triunfo puede acabar devorándote. Como a Justin. «Ocúltate en la zarza./ Que no te atrapen. El mundo/ sólo tiene un lugar para los corderos:/ los altares del sacrificio» (José EmilioPacheco, poeta de la sencillez).


Besos.


Las Provincias. e de febrero de 2014


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