BOQUERÓN

De cómo el inmenso monstruo que teje la red ha hecho de nosotros simples emoticonos
EL COMECOCOS-JESÚS TRELIS
Somos sólo un avatar. 140 caracteres. Un emoticono. Una foto colgada en Instagram. Un enlace hacia ninguna parte. Un mensaje entrecortado en el WhatsApp. Un follower. Un boquerón atrapado en la red. No hay silencios, ni suspiros, ni palabras apresuradas, ni un susurro romántico, ni una voz lánguida. No hay conversaciones cara a cara, ni miradas penetrantes, ni la mano que te toca el hombro para darte ánimos. No hay un loco que habla aturullado, ni el que sesea, ni el acento maño, ni el deje sevillano. Sólo hay palabras vacías, personajes virtuales, una prolongación de la "tablet", un hombre a un móvil pegado, un caballero angustiado que está cabreado porque el wifi no funciona. Una pequeña ventana sin alma en la que aparece tu rostro retocado, camuflado, reinventado...
Aparentamos ser los más listos, los más ingeniosos, los más ágiles. El tipo que la sociedad no nos dejó ser. A cambio de todo ello, vendemos nuestra identidad al monstruo que teje la red. La inmensa red social. Y así vamos perdiendo la capacidad de argumentar, de emocionarse, de hablar, de reflexionar. Lo de Ucrania lo solventamos con un puñado de caracteres: «El tema de Kiev es un horror». Lo del misterio de la momia de Neb, nos da igual. No es fácil de comentar de forma fugaz. Hablar con alguien de la parte oscura de Robert Frost es una utopía. Explicar a un amigo la fascinación que se siente ante un cuadro de Cézanne es inconcebible. Y recitarle a los colegas versos locos de Joan Brossa, un despropósito.
Nuestro tiempo es limitado. Las conversaciones se autodestruyen casi en el mismo instante en que se están creando. Han muerto las tertulias, las charlas pausadas, las cervezas entre amigos sin móviles entre las manos. Imposible estar en un café y empezar a hablar con los tuyos de las cosas que te importan sin que el diálogo se vea interrumpido por una conversación a cuatro bandas con un grupo de WhatsApp de los papis del colegio (que no sabes muy bien por qué te están contando que se van a la playa a pescar, al super a comprar y tal).
Retransmitimos la comida. Contamos que nos vamos al teatro. Explicamos que hace calor. Divulgamos nuestra realidad como nos gustaría que fuera. Pero ocultamos que tartamudeamos, que somos indecisos, que hemos fracasado, que lloramos por los cadáveres que flotan por aguas de Marruecos.
Tus emociones son caritas amarillas que dinamitan tu personalidad. Hemos dejado de existir para formar parte de un negocio que ha vivido su último capítulo con la venta de WhatsApp por 14.000 millones de euros a Mark Zuckerberg. No somos nadie. Sólo un boquerón en la red. Emotibesos.
Publicado en LAS PROVINCIAS. 22 de febrero de 2014

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