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PERRO VERDE

De cómo la soledad puede ser una travesía hacia la felicidad y, al tiempo, un arma letal
EL COMECOCOS JESÚS TRELIS
Puedo parecer un perro verde. En el fondo, quizás lo sea. Pero las cosas son así. Me gusta ir a comer a un restaurante con buena compañía para hablar de las cosas de la vida. Y me gusta disfrutar de un festín con un buen grupo de amigos recordando andanzas del pasado y trazando planes de futuro. Dicho esto, tengo que reconocer que también me fascina comer solo. Aquí está el perro verde. Un tipo que le gusta, de tanto en tanto, ir a una buena cocina, pedir mesa para uno y comer con la soledad como dama de compañía. Me gusta estar ante un plato repleto de piruetas gastronómicas y aromas desatados. Observarle. Acercarme temeroso hasta cada uno de sus costados. Contemplar con detalle la escena sobre la loza e ir olfateándolo. Como un perro (verde). Me gusta eso y acabar lanzándome hasta él con los ojos cerrados para ir descubriendo sus matices más superficiales y los más internos, sus crujientes y su melosidad, sus toques frescos y picantes. Romper los trampantojos y zampármelos, como el lobo hizo con la abuelita. Bocado a bocado. Paso a paso. Con total pomposidad. Inmortalizándolo en la memoria y disfrutarlo en el corazón. Me pasa también con el arte. Perro verde, hasta la médula. Puedo dormir mi aliento ante la Virgen de Gustav Klimt del Národní Galerie de Praga; quedar petrificado ante el Mata Mua de la baronesa; llorar -creo que lo hice, cuando la maravillosa retrospectiva de hace dos años- ante un cuadro de Antonio López, y reencarnarme en un personaje frío de Hopper para cabalgar en solitario entre los lienzos de Paul Cézanne que ahora muestra el Museo Thyssen.
La soledad, cuando está inducida, puede ser maravillosa. Hasta aquí el perro verde. La otra cara de la moneda es cuando está impuesta. La que viene de la mano de la ignorancia y del olvido. La soledad de la anciana que ve pasar los días ante una mesa camilla como un fantasma en vida; la del indigente convertido en despojo por una multitud que transita ante él indiferente; la del parado al que el tiempo ha fosilizado en el desempleo; la del político que cayó en desgracia; la del inmigrante que flota sobre el agua... La soledad del ahorcado. Del fracasado. Del árbol caído.
La soledad es eso. Una navaja de doble filo. Maravillosa pero letal. Capaz de rasgarte el alma y rebanarte las ilusiones. Pero también, de cortar la cinta que retiene las sensaciones. Soledad puede ser la dama que te cierra los ojos y te hace caminar por un sendero desconocido hasta el corazón de un plato donde espera la felicidad. Quizás en un atún con pisto de mi amigo Carrizo. O en la empanadilla que crea Patiño... Esto es así: una vergüenza o una delicia. Todo depende de por dónde deambule el alma solitaria. Besos de un perro verde.
Publicado en LAS PROVINCIAS. 15 de febrero de 2014

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