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BUENDÍA




De cómo Gabo resucitó entre las letras mientras conversaba con Melquiades sobre la vida



EL COMECOCOS. JESÚS TRELIS



Escogí el lápiz más menudo. Estaba vestido de amarillo y negro, aunque algo deteriorado, con el cartel dorado en el que se puede leer "Staedtler Noris" casi desconchado. «Es un lápiz experto en historias, sino no estaría tan machacado», me dije. Encaré el grafito sobre el papel y quedé inerte durante unos segundos. Quizá un minuto. Estaba desconcertado. No podía escribir sobre él: ni sobre su trayectoria, ni sobre su adiós. «Me sentiría como un impostor», murmuré. «Con todo lo que saben los sabios sobre García Márquez, ¿qué cuento yo?».



El lápiz esperaba inquieto para empreder el vuelo. El lápiz y el papel. Y los recuerdos sobre los libros leídos del Nobel que daban volteretas por mi memoria. Respiré hondo e intenté empezar a crear una historia. Presioné con fuerza: lápiz contra papel, negro sobre blanco. La mina se partió. Seca. El afilado carboncillo salió rodando por el folio dejando tras de sí un fino rastro grisáceo. De la punta de madera del viejo lapicero salió apretujado un pequeño gusano de seda. Muy fino, aterciopelado, color blanco roto. Seda pura. El animalillo, de pronto, fue creciendo: multiplicó su cuerpo por dos, por tres, por cuatro hasta alcanzar el tamaño de un meñique adulto.



El gusano de seda fue deslizándose sobre el folio dejando a su paso un rastro reluciente. Como un riachuelo de brillantina. Quizá de vaselina. Un río cristalino sobre un folio al que, a su vera, empezaron a brotar juncos y cañares, zarzas y matas de margaritas, calas y lirios, y violetas diminutas, y hierba mala y hierbabuena.



Al animalejo, entonces, le salieron alas. Blancas como la túnica de un ángel. Y empezó a revolotear por encima de ese riachuelo flanqueado por juncos, y lirios, y calas? Se elevó rompiendo con su vuelo la frontera de aquel folio y empezó a zigzagear por la mesa del comedor en la que reposaban los libros de Gabo, los recuerdos, un café con leche -frío de olvido-, una radio por la que escuchaba a los tertulianos hablar de Barranquilla y de Macondo y del realismo imaginario del Nobel más admirado.





Voló la mariposa hasta la ventana. Apoyado en la repisa, con su chaleco y su sombrero de alas de cuervo, estaba Melquiades. La mariposa se posó sobre su hombro. Él me miró. Yo me sentí como Aureliano Segundo. Dejé el folio, el lápiz despuntado y el café con leche frío por el olvido. Me acerqué. «Gabo ha muerto», le dije. Él apretó con su mano derecha mis labios, pidiendo silencio. «Ha vuelto a Macondo; nadie debe saberlo hasta dentro de cien años», me contestó. Me puse en la ventana junto a Melquiades. Y como uno de los Buendía, empecé a hablar con él del mundo y de la vida. De los libros salían mariposas, mientras Gabo resucitaba entre las letras. Besos.


LAS PROVINCIAS, 5 de abril de 2014


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