EL EMPUJÓN



Leo que han hospitalizado a García Márquez por una infección respiratoria. Descubro que ya tiene 87 años y pienso en lo que pensamos todos ante ese tipo de noticias. Y me digo que hay gente en el mundo a la que deberíamos haber parado el reloj. Una especie de prerrogativa de los dioses para que personajes como Gabo no murieran jamás, que fueran eternos.
Me digo que deberíamos lograr que mentes como las del escritor de Aracataca se hubiesen quedado aparcadas en los años más lúcidos de su creación artística y allí, ancladas, produjeran y produjeran más historias fascinantes para que el resto de la humanidad las disfrutáramos. Relatos de esos que cautivan el alma y la memoria, de los que te hacen enamorarte de la palabra y de los libros. Novelas capaces de trasladarte al enigmático Macondo y hacerte imaginar a Melquiades desfilando con dos enormes hierros que hacían magia por aquellas callejas adoquinadas...



Decía García Márquez en «Vivir para contarla» (2002) que hasta la adolescencia, «la memoria tiene más interés en el futuro que en el pasado». Es cierto. Mis recuerdos de aquellos años me dibujan como un chavalillo feliz con las palabras, imaginando periódicos, enganchado a la radio y soñando en un futuro que olía a relatos y noticias. Un joven soñador que disfrutaba bajo el sol leyendo «Cien años de soledad» mientras los primeros pelillos asomaban debajo de una prominente narizota. Un montón de años después, me doy cuenta que quizás, como muchos otros amantes de las letras, buena parte de mi pasión por leer y contra historias procede de aquella lectura estival.




Todos esos recuerdos me hacen pensar, ahora que hablamos tanto del informe Pisa y de la reforma educativa, en la importancia que tiene la educación en esa etapa de la vida. En la adolescencia. Lo que en ese momento se siembra es lo que marcará su futuro. Por eso es importante hacer que un joven descubra que las matemáticas pueden ser un galimatías divertido; que averiguar el camino más corto para ir del pueblo a la cima de un monte es un pasatiempo interesante, o que estudiando las primeras civilizaciones podrá viajar hasta un inmenso zigurat en Babilonia. «Quiero escribir historias como éstas», me dije al descubrir las andanzas de aquel niño de ojos amarillos llamado Alfanhuí que tuve que leer en EGB. Era un soñador y párrafos como éstos marcaron mi destino: «El viento abrió también un libro de plantas disecadas y se puso a pasar sus hojas. Las flores se mojaban y revivían, trepando por las paredes del salón...».

A cada uno alguien o algo le da el empujón: un profesor, un libro, un Sánchez Ferlosio o un Gabo. Lo importante es estar para recibirlo y que sea certero. Besos

LAS PROVINCIAS, 5 de abril de 2014

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