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EL HOMBRE ÁGUILA

La vida está repleta de cosas maravillosas que las miserias del día a día se empeñan en ocultar
EL COMECOCOS- JESÚS TRELIS

Andamos exhaustos. Como los burros de carga. Dejando que la mala bilis que reina de un lado y otro nos vaya consumiendo, apoderándose de nuestro interior y dejando que tontee con nuestro yo más colérico, más irascible. Andamos lastrando una sensación de hastío que muchas veces se hace insoportable, porque estamos cansados de episodios de corrupción impresentables, sucesos escalofriantes y escenas cotidianas poco edificantes. En la televisión, triunfa un Gran Hermano VIP que siempre está instalado en el "porque me sale del coño" ?siento la expresión pero es así? y en las noticias estamos entregados a penurias, atentados yihadistas, sucesos escalofriantes? y hasta el Papa ?me confieso admirador profundo de Francisco? nos sorprende con una declaración que, aunque en el fondo esté cargada de razón, nos sobresalta: "Si insulta a mi madre, puede esperar un puñetazo".

El pesimismo vestido de animal de compañía se ha instalado a nuestro lado y no nos deja ver las cosas hermosas de los días. Quizá hemos dejado de apreciar que alguien te diga por las mañanas un sincero buenos días; hemos desterrado de nuestro dietario ese instante que dedicábamos a frenar y sentarse en una mesa a hablar de las cosas maravillosas que nos rodean, y nos hemos olvidado de saborear un buen guiso que te habla de la infancia, de cuando trepabas por los almendros soñando que eras el hombre águila.


Ícarus, obra de Ignacio Trelis


Nos hemos metido de manera tan impulsiva en el estercolero, que ya no apreciamos un amanecer con toda su intensidad, rompiendo la noche y diciéndote que cada día se pone el sol, que siempre todo va a mejor. No apreciamos el abrazo del amigo, porque pasa a ser protocolario; ni siquiera el beso de tu hija o de tu novia o de tu chico? porque la coraza que nos protege no nos deja sentir la sutilidad de los labios.

Vivimos con la sensación de que se nos escapó la eterna juventud, las ansias de subir a la montaña, de respirar limpio, de ver desde las alturas ese valle en el que vivimos y que necesita una intensa lluvia de optimismo. Se nos está escapando la esencia de las cosas buenas que dan sentido a la vida. Los valores. Ya nadie habla del vuelo de los gansos que atraviesan el Himalaya, a 8.000 metros de altura, camino de las costas de la India. Ni piensa que, si ellos pueden, tú también. Volar, aletear sin parar, por encima de los gigantes que te asfixian. Volar y hacer de tus días algo tan maravilloso como la pirámide de Giza o el faro de Alejandría.



Vivimos en la botella medio vacía, sin darnos cuenta de que en realidad está medio llena. Porque lo bueno que hay en ella es mucho más fuerte que lo que nos perturba. Sueña y abre los ojos. Descubrirás que sigues siendo el hombre águila. Besos.

Las Provincias, 17 de enero de 2015

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