LA VENGANZA DE ADÁN

De cómo una obsesión puede acabar en locura

Se había tatuado su condena en la piel. En los dedos de la mano derecha, cinco estrellas de David. En cuatro dedos de la izquierda, el nombre de cada evangelista: Juan, Mateo, Marcos y Lucas. En el meñique, el suyo. Adán. Muy bíblico. Como todo lo que heredó de mamá. La mujer que le hacía recitar el Catecismo todas las noches a la hora de cenar. En el brazo izquierdo, una cobra que trepaba en espiral por el antebrazo hasta alcanzar el hombro. Con la boca abierta y, entre sus afilados dientes, una manzana. La manzana. Y en ella, el nombre de Eva. Donde todo comenzó. En el contundente brazo derecho, sin orden ni concierto, empezando por la palma de la mano, una retahíla de nombres de mujer que pasaron por su vida. Comenzando por Isabel, su madre, y siguiendo con Pilar, Alma, Carol, Gloria... la última, con letras góticas, Jenny. 



Los párpados limpios, la cara resplandeciente, como estirada. Sin una arruga. Sólo detrás de una de sus orejas, en el lóbulo, como un pendiente escondido, se podía leer Edén. En la espina dorsal, una daga. Justo en la nuca, la empuñadura, que podría imaginarse dorada con una inscripción: Iscariote. Entre omóplato y omóplato, el filo que se estrecha de manera magistral hasta la lumbar. El símbolo de la traición. Una daga en la espalda. Debajo de ella, en la pierna derecha, partiendo de la pantorrilla, tres crucificados que ascienden hasta el muslo como si fueran una creación de Giacometti. Sobre ellos, una calavera inmensa que llegaba hasta la ingle. En la pierna izquierda, María Magdalena con una melena larga y ondulada. La cara empapada de lágrimas, sentada sobre una roca y alzando su mirada hacia el estómago. En él, como saliendo del ombligo, epicentro de la vida, una grandiosa paloma con las alas abiertas de par en par. Llegaban casi hasta el pectoral. En el pico, una corona de espinas. 



En el pecho derecho, el título de su película: El Vengador del Edén. El hijo del Pecado Original. En el izquierdo, cinco impactos de bala por los que brotaba de manera exagerada la sangre. Por Isabel, por Pilar, por Alma, por Carol, por Gloria? Sangre que emanaba con rabia e inundaba su cuerpo tatuado. Sangre que fluía sin fin entre las sábanas mientras Jenny desolada, con la pistola humeante entre las manos, lloraba en una esquina como una magdalena a los pies de la cruz. "Estaba loco", gritaba cuando entró la policía. "Estaba loco", repetía atemorizada, acurrucada, desnuda, con el cuerpo repleto de magulladuras, golpes, heridas infectadas. La casa de Adán olía a incienso y sacrificio. A obsesión y locura. Por los suelos, manzanas. En el sótano, restos de su macabra venganza.




Las obsesiones, todas, siempre fueron malas compañeras. A veces, hijas de la locura. Besos de ficción.


Las Provincias, 16 de mayo de 2015

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