EL PARQUE DE LOS EGOS

Me fui a verla, como siempre que necesito evadirme. Ella seguía allí. Impertérrita. Exultante, diría. Su cuerpo desnudo, el cabello recogido, una sutil túnica cayendo por el cuerpo. Un velo. Pensé que en algunas ocasiones me gustaría ser como ella. No sólo por su belleza, sobrenatural, sino por su manera de observar el mundo. Desde el vacío más absoluto, desde la nada. Sin alma, sin poder sentir, sin existir más allá de la pura presencia. La vida vivida como escultura. Como la hermosa Venus del parque. De mi parque. Su rostro caído hacia la derecha, sus pechos firmes, redondeando su conmovedora belleza. Blanca como el mármol que la moldea. Hermosa como las esculturas griegas. Una diosa a la que sólo le faltaban alas.



Pensé que si tuviera poderes se las colocaría. La despertaría del hechizo que le impuso el artista que la esculpió, le pondría las alas y de la mano huiría con ella de este lugar. Marcharíamos más allá del horizonte. De las fronteras. Correríamos por las calles como dos enamorados desesperados que no quieren que la realidad les de un hachazo. Sí, le despertaría, saldríamos corriendo pero le taparía los ojos para que no le doliera encontrarse con este mundo en el que triunfan las traiciones, se imponen los histerismos, los egos afloran con crudeza arrasando por donde sea. Le ocultaría eso para que nada contaminara su pureza.

Le ocultaría las imágenes de familias que viven sin vivir, de madres con la cara descompuesta al ver que nunca les cuadran los números, le evitaría la angustia de ver anuncios como el del hermano que agua la leche de la pequeña de la casa porque no hay para más. Le taparía los ojos para que no sufriera por esa realidad que tantos otros no quieren observar porque son cosas de pobres que no nos van. La despertaría sí, y saldría corriendo, y le taparía los oídos para que no escuchara al gobernador del Banco de España que dice que hay que ahorrar -me dan carcajadas-, que hay que pensar en tener planes de pensiones porque lo de las jubilaciones no está claro. Le evitaría que escuchara como le lanzan culebras a la hora del café los trabajadores de sol a sol, a los que apenas les da para comer, para la luz, para la casa, para vivir. "Llevo desde los catorce trabajando y cotizando y ahora me dicen que no va a haber dinero para las pensiones, ¿qué han hecho con él?", escuché aclamar por un rincón de la ciudad.






Te despertaría y te taparía los oídos y los ojos y te pondría alas y huiríamos más allá de la realidad. Si es que hay más allá. "No existe el infinito:/ el infinito es la sorpresa de los límites", escribió Chantal Maillard. Te despertaría sí, pero quizá te dolerían hasta mis besos al ver que ya somos meras esculturas sin principios en el parque de los egos. Mis besos, te dije.

El Comecocos, LAS PROVINCIAS 25 de junio de 2015
(Las fotos de las esculturas de Botero las hice en Medellín. Maravillosas, las esculturas)

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