PALABRAS



Hirientes, asesinas, inadecuadas. Acertadas, comprensibles, apasionadas. Amor y odio. Éxito y caída. Por ellas pasa toda la vida. Letras cosidas para espetarte, aclararte, explicarte, contarte, ordenarte, recordarte, informarte. Letras encadenadas que surgen de la bilis, del rencor, de la mala saña. Del cariño, de la pasión, del alma. Letras que se unen para formar palabras; que a veces se convierten en tu prisión, a veces en tu liberación. Dichas y desdichas, palabras.

Un tuit que nunca debiste teclear, un whatsapp que nunca debiste enviar, un carta que nunca debiste escribir, unas palabras que jamás debiste pronunciar. Palabras en la cuerda floja capaces de desencadenar disputas pasionales, berrinches familiares, altercados en la calle, conmociones nacionales. Palabras autoritarias: calla, vete, trabaja, arrodíllate. Palabras espeluznantes, macabras, repugnantes: atentado, ejecución, genocidio, paredón. Palabras al borde del abismo: vértigo, precipicio, depresión.


Palabras que son promesas: vivienda digna, empleo, ayudas por aquí y por allá. Palabras con buena intención: diálogo, consenso, pacto, unión. Palabras que retratan al emisor: vara, mando, poltrona, honorable señor. Palabra de doble filo. De la gloria instantánea a la humillación posterior. "La palabra es tan libre que da pánico", sentenció Benedetti.





No conocen de fronteras. Son letras con alas, sílabas convertidas en águila. A veces silenciosas, a veces tan aparatosas que acaban desencadenando, tormentas, espantos, huracanes que hacen saltar de los diccionarios palabras hiperbólicas, megalómanas.


Sin ella no somos nada. Hablada, escrita, tatuada, cincelada, pintada. La palabra te abre puertas y te las cierra, te convierte en adorable o detestable, te lleva al paraíso cuando la usas con arte o te empuja por el precipicio cuando eres un ignorante. Ellas, siempre divinas, no precisan de mordazas, sino de coherencia. No están hechas para ser borradas, sino para escribirlas y reescribirlas. No deben ser mancilladas, sino dignificadas. Y sus amantes debemos mimarlas, cuidarla, usarla con la coherencia como espada.




Un poema que cambió tu vida, una misiva sentida, una reflexión cultivada, unos pensamientos reflexionados, meditados, trabajados. Palabras honestas, limpias, frescas, sinceras, sin trampa ni cartón, sin tener que añadirles posdatas ni explicación. Sueños esdrújulos con la tilde sobre la idea de que, con ellas, lo imposible es posible.


En una choza de cartón o entre mármoles de carrara, en tu casa o en una tasca, en todos los lugares fluyen miles de palabras que te acabarán desnudando. Entre balas y flores, entre golpes y algodones, palabras que vuelan. Palabras con besos.


El Comecocos. Las Provincias, 20 de junio de 2015

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