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SOLO CINCO MINUTOS

Me da cinco minutos? ¿Quizá seis? Ya sé que es mucho pedir. Perder cinco minutos para algunos es algo así como perder la vida. "¡Con todo lo que tengo que hacer, no estoy para pamplinas!", escucho de fondo. Cinco minutos son todo. Puede serlo todo. Cinco minutos detrás de otros cinco minutos sin respirar. Como cuando te lanzas a la piscina, te sumerges y aguantas. Sales y luego llega ese alivio que te hace feliz. Pero te vuelves a retar. Te gusta dejar de respirar, que el tiempo te ahogue, tontear con el estrés, ser al fin y al cabo el ombligo de tu yo más excitado. Ser el satélite sobre el cual transcurre la vida a una velocidad atroz, vertiginosamente violenta. Cinco minutos.





Eres una hormiga ?una más? que transita a zancadas por el asfalto. Rápida, extenuada. El tiempo te lleva, te dirige, te manda. Una reunión, una discusión, una entrevista, una negociación, una llamada, una comida veloz, un ir y un venir. La saeta que te empuja, que te acelera, que te estampa sobre ella. La saeta que te marca, que te indica, que te aplasta las últimas neuronas de la coherencia. Tu vida en cinco minutos.

Me miro al espejo. Yo también. Me encuentro con un tipo que ha perdido frescura. La frescura. Un tipo con la sonrisa cascada ?no está para bobadas-, con las ojeras instaladas como garrapatas, con el ceño fruncido y con la mala saña tatuada. Me miro al espejo. Hago cálculos. Minutos, días, años. Si mi vida fuera como la de la media, he pasado el ecuador. Al fondo ya se adivina el abismo. Me tengo que dar prisa, no hay tiempo que esperar si quiero alcanzar la tierra prometida. Ir más allá. Ser un don, un tal, un pascual. Las manos sudan, las piernas repuntan, la respiración se hiperventila, el corazón derrapa. Sólo cinco minutos.




Me miro al espejo. "Dame tiempo", me exijo. El espejo ríe a carcajadas. Me reta, me traga, me estampa contra el suelo de una esfera infinita. Un tic tac suena profundo. Retumba. Una saeta amenaza por el horizonte. Me levanto, salto, corro. La evito, la cruzo. La máquina del tiempo acelera. El engranaje no cesa. Todo transcurre a dentelladas. La saeta que corre y corre. Salto y salto y salto. Pero vuelve. Una vez y otra. El cuerpo que se agota. Una arruga, una cana. Las carnes que se desploman. Los huesos que se quiebran. Las fuerzas que se esfuman. La flecha que sigue acelerada y me atrapa, me roza, me toca, me aplasta, me atraviesa, me rasga, me mata.


Mi cabeza sangra pensamientos: no les he visto crecer, no he pasado el tiempo que debo con ella, no llamé a mamá, no le dije adiós a Papá, no vi llorar estrellas aquella noche de San Lorenzo, no me bañé por San Juan, no hice larga la sobremesa. Sólo eran cinco minutos. Cinco minutos y unos besos. Pero no hay tiempo ni para el adiós.

El Comecocos.

Publicado en Las Provincias, 6 de junio de 2015. 

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