POLLO A L'AST

Creo que el calor está empezando a pasar factura. Que las neuronas se van deshaciendo como cubitos de hielo en un cerebro que empieza a hacer aguas. Creo que encadenar ola africana con ola africana no puede ser bueno. Que estar con el cuerpo empapado de sudor todo el día es contraproducente para los nervios. Que uno acaba suspirando en exceso y siente que sus pulmones se llenan de fuego. Creo que mi mano es un abanico, que mi bigotillo un mar, que mi cabeza un sinfín de torpezas encadenadas por los ataques de algún que otro rayo solar que se ha dispuesto a quemarme, fulminarme, derretirme. Eliminarme. Creo que soy un pollo a l'ast, que la ciudad es vapor y se difumina como un escape de gas; que el asfalto es un animal invasor, una serpiente negra y ruin capaz de cogerte por los pies, atraparte, embadurnarte, tragarte. Creo que el cielo es el infierno, que el sol es satán, que los termómetros son detonadores que estallan y producen una lluvia ácida de grados centígrados que caen sobre nuestros cuerpos como los perdigones que dispara un cazador sobre una torcaz, una perdiz, un conejo distraído.



Creo que las noches que llaman tropicales deberían calificarse salvajes; creo que la gente que trabaja en la calle, cuando el sol es casi punzante, se merece un altar y tiene más mérito que el de cualquier futbolista, político de pacotilla o periodistas de oficina -para que veas que sé hacer autocrítica-. Creo que mis plantas lloran angustiadas porque saben que con los días morirán arrasadas; creo que he dejado de existir, que soy un buscador de sombras y ventiladores, de aires fríos y asesinos que escupen esos artilugios malvados que disparan la factura de la luz y te auguran neumonías. Creo que por las noches las sábanas son velos de agua, que mi cuerpo se convierte en rana y salta de charca en charca queriendo escapar por los vericuetos de algún sueño que empieza escribirse por alguna ventana. Sueño que esa ventana es un salto al vacío, que volando sentiré alivio, que con el aleteo de mis alas me ventilaré, que me elevaré hasta donde no llega el calor y sentiré placenteros y añorados escalofríos.





Sueño que hay un monte, un bosque, un inmenso y hermoso roble frondoso; que hay un banco de madera con vistas con encanto, que hay unas cimas ante mis ojos, que corre aire fresco, que escucho el apaciguador sonido de un río que baja por los acantilados enloquecido, que corretean ante mí un mirlo, unos jilgueros, un zorro atontolinado; que aúlla un lobo y las ovejas corretean entre los pastos.
Sueño que llegan las vacaciones, que dejo atrás el desvarío de la ciudad que se derrite y que mis pensamientos, por fin, se escapan del infierno. Sueño que estoy entre los brazos del rocío y que me da besos. ¡Ya ves!


EL COMECOCOS, Las Provincias, 11 de julio de 2015

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