DIABLO

La soledad se alió con el diablo y su vida cambió. Pulsó ‘star’ y todo empezó. El diablo le puso cuernos, un rabo, un tridente en forma de aparato que suelta disparos. Le vistió con zapatos de mafia, le ciñó americana a la italiana y le ajustó los bajos del pantalón. Le rapó el pelo por los costados, le puso cresta a lo David Muñoz, un pendiente de aro y un cinturón con una hebilla que lucía un dragón.

Salió a la calle crecido, mirando cara a cara al vecino que siempre le ignoró. Cogió un taxi. El conductor le miró. «¿A dónde vamos?», le preguntó. «A Cibeles o las Ramblas, llévame», le espetó. El taxista le observó desconcertado: «Pero… ¿de qué va esto, chaval?». El joven sacó de su americana un pistolón y le apuntó. «Que me lleves cabrón o te hago estallar el cerebro en mil pedazos», insistió. El taxista le miró asombrado, le pidió que estuviera tranquilo, que hablaran. El joven disparó un tiro hacia una de las ventanas que explotó como metralla. «Que me lleves a las Ramblas cabronazo», le gritó. El taxista aceleró. Salió corriendo por la ciudad. Las manos le sudaban. El corazón se aceleraba. «¡Atropella a ese viejo, atropéllalo!», volvió a exclamar el chaval de la cresta a lo Muñoz con la pistola entre las manos. El taxista frenó en seco. «¡No puedo!», sollozó mientras su cuerpo salía disparado por el cristal delantero como quien lanza un dardo.






El joven se golpeó contra una de las puertas. Su cabeza empezó a sangrar. Cogió la pistola del suelo del coche y salió corriendo. La gente le miraba. «¿Qué os pasa cerdos?», empezó a berrear disparando a diestro y siniestro. Acribilló a un repartidor de pizzas que le plantó cara, a un policía y a un patinador que se dio de bruces contra él y acabó arrollándole. Una patrulla de la Local le atrapó en ese instante. Le desarmó y, por uno de sus costados, apareció el temido: ‘Game Over’.




La partida había acabado. «Vaya mierda», se dijo. «No he hecho ni 15.000 puntos», rumió. El joven que alió su soledad con el diablo volvió a empezar el juego. Pantalones desaliñados, un abrigo de piel hasta los suelos y un contundente arco entre las manos. El pelo lo tiñó de verde y pintó los labios de negro a su nuevo yo. «Me llamaré, el Ángel Muerto», escribió en el tablero. Salió a la calle y empezó de nuevo el juego. «Nos vamos a armarla a un autobús», se dijo. «Masacre en la Línea 9», murmuró.


«¡Deja ya los juegos, y la tablet y todas esas leches, niño», le abroncó alterado su padre desde la puerta. «Siempre te veo igual. Te pasas la vida ahí encerrado, pasando de todo… Eres una calamidad», le espetó apurando un trago. El joven que soñó con ser un vengador en el videojuego apagó la luz, se metió con su iPad en la cama y, abrazándolo, se puso a llorar sus quince años de soledad. Un arquero con los labios pintados de negro lanzaba flechas a papá. Besos.

El Comecocos, Las Provincias. 26 de septiembre de 2015.

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