HOMO STUPIDUS

En una sima de la cueva Rising Star de Sudáfrica han localizado los restos de un humano que los que saben de estas cosas sitúan en la mitad de esa cadena que va del chimpancé (del australopiteco) al neandertal. Es, vaticinan, el eslabón perdido. Un humano con un pequeño cerebro que, quizás, ya estaba bordeando el sendero de la conciencia.

El descubrimiento del "Homo nadeli" emociona. Todas estas cosas fascinan: rebuscar en nuestro pasado, ver de dónde venimos, descubrir la evolución de ese humano que antes era chimpancé e iba saltando de rama en rama por los bosques de un planeta que era selva. Pero de aquel "Homo nadeli" que pesaba unos 45 kilos y medía metro y medio al humano actual, cada vez más extra largo y de peso muchas veces sobredimensionado, hay todo un mundo. Aunque no crea que el cerebro ha evolucionado tanto. O no, al menos, hacia donde tenía que evolucionar. El Homo sapiens que se esconde bajo nuestra piel empieza a engendrar una nueva especie, o otras muchas especies –eslabones desconcertantes en la cadena humana–, en la que el cerebro es como una bomba de relojería. Una especie humana tan desarrollada que puede crear desde naves espaciales que vuelen a otros planetas a misiles atómicos con los que se podría destruir literalmente la Tierra. Una especie humana, tan acelerada y al tiempo tan atada a su ombligo, que es capaz, que somos capaces, de engullirse unos a otros volviendo a ser aquel homínido sin sentimientos al que sólo le preocupaba su supervivencia, salir a cazar la bestia, imponerse en la manada.


Somos el reflejo del pasado más remoto: humanos que huyen de sus tierras porque la glaciación de la violencia les empuja; humanos sin conciencia que permiten que otros de la misma especie mueran amontonados en fronteras; humanos que no acabamos de entender que todos, desde el que fallece en un atentado hasta el que navega con su yate junto a paradisíacas islas, somos lo mismo: carne, sangre y un cerebro atado al corazón.




Somos los descendientes de Atapuerca, sí. Pero lo que no tengo tan claro es si a estas alturas del humanidad, seguimos en el estrato de los neandertales o ya estamos retrocediendo a los tiempos de los australopitecos. Sí que veo con lucidez que somos capaces de dejar que un cayuco tras otro se hunda en aguas mediterráneas sembrando de muerte el mar, capaces de mantener vivas guerras atroces en nombre de dioses y no sé qué ideologías y múltiples banderas, capaces de dejar que un niño desfallezca en la arena, que un pequeño muera de hambre en una chabola cualquiera. Somos el Homo selfie, el individualista, el destructor, el caníbal. El Homo stupidus, el egoísta, el fratricida. El Saturno que devora a sus hijos. Posiblemente el último eslabón de la cadena. Besos de un chimpancé.

El Comecocos, Las Provincias, 12 de septiembre de 2015 Fotos Jesús Trelis

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