LA TRASTIENDA

Una escalera caracol al fondo, un reloj, una mesa. Sobre ella, un poemario. Benedetti. "Despistes y franquezas". La ventana abierta. La brisa. La calle que despertaba al nuevo día. El panadero que descargaba en mitad de la gran vía. El bar que recibía panes. El bullicio de la cafetería. Solos, cortados, leche tibia. El olor a comida. La tortilla para los almuerzos que ya estaba lista. La tele encendida sin que ningún cliente atendiera lo que el busto parlante vomitaba. De nuevo Siria, de nuevo Cataluña, de nuevo el gesto agrio de las noticias. Otro asesinato a puñaladas de una mujer que se fue a enamorar del animal que iba a truncar su travesía. El hombre triste que acariciaba las servilletas. El que miraba el móvil una y otra vez esperando alguna alegría. Los dos amigos de oficina que no se pueden ni ver. El vapor que escupía la taza de té que el camarero servía a la única mujer que a esas horas estaba en el café. "¿Me sacarás una magdalena también?", le susurró mirando atenta a los ojos del sirviente fiel. (O infiel). Él sonrió, ella también. Los dos sabían, sin que sus parejas lo supieran, que acabarían el día fusionando sus cuerpos en la trastienda. 




La máquina tragaperras que escupió su musiquilla rompiendo la monotonía. De pronto, una alegría. "¡Qué grande Gasol!", exclamó uno de los dos amigos de oficina. En la televisión hablaban de la gesta de la selección. "No siempre hay que dar las cosas por perdidas", murmuró el hombre que acaricia servilletas. Dejó un euro sobre la mesa. Levantó la mano queriendo decir adiós. Se marchó hacia su casa con la cabeza gacha: un dúplex con una escalera caracol al fondo, un reloj, una mesa. Sobre ella, el poemario. "Despistes y franquezas". Cogió el libro. Lo acarició. Casi lo besó. Página 77. "Grafitis sin muros". El poeta escribe: "Preciso abogado para defensa en el Juicio Final". Suena el carillón. Un dong detrás de otro dong. Las nueve de la mañana. Por la escalera apareció ella. Zapatos de tacón que retumban escalón tras escalón. "¿Ya te has hecho el café en el bar?", le preguntó. Respondió con una mueca. "¡Deja ya esos poemas, te deprimen más!", le soltó. Él le miró con la cara de pena con la que miran los hombres que van a los bares a acariciar servilletas. "Me voy al despacho", le dijo ella. "Tira la basura si sales. Podrías preguntar a tu hermano, quizá sepa de alguien que te pueda dar trabajo. No puedes seguir igual. ¡Este paro te acabará matando!", le espetó cerrando su monólogo de un portazo. "Te acabará matando", resonó en sus cabezas. 






Cuando ella regresó, el carillón tocaba las siete de la tarde. El libro de Benedetti permanecía en la mesa: "De todos los ismos solo queda el abismo". El cuerpo de su marido colgaba de la escalera. De la trastienda del bar de la gran vía fluían gemidos de amor y besos clandestinos.

El Comecocos, Las Provincias, 19 de septiembre.

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