EN EL NOMBRE DE SATÁN

La luna. La noche. Él, bravo y crecido, murmura como ido sobre el pedestal. Un mar de fango por todos los lados. Un vertedero repleto de espantos. Restos, cuerpos, huesos, llantos. El azufre que emana del estercolero sobre el que reina el mismísimo Satán. «Míralos, inocentes», exclama altivo. «¿Halloween?», pregunta con sarcasmo entre carcajadas que espantan a los cuervos del lodazal. «No hay descenso a los infiernos», sentencia. «El infierno eres tú», grita desatando un viento huracanado y un delirio de relámpagos.

 La luna. La noche. Los vampiros deambulan por la ciudad. Los colmillos afilados, las manos azuladas, los ojos ensangrentados. Aparecen por todos los lados. Vampiros ‘molt honorables’, vampiros de cuello almidonado, vampiros con malas artes bajo la piel de un alcalde, de un falso amante, de un abusador, de un dictador, de un traficante. Vampiros que sobrevuelan la ciudad en busca de víctimas vírgenes a las que expoliar. Jóvenes a los que engañar.

La luna. La noche. Brujas difuminadas bajo la piel de falsas hadas que toman tus sueños para hacerte creer en las mieles del éxito y los triunfos adinerados. Brujas que llenan la cabeza de sueños de juventud que se acabarán esfumando con los años en un mar de penurias, de metas incumplidas, de planes abocados al abismo total. Aquelarres de verdades y realidades que hacen añicos esperanzas labradas cuando eras un estudiante y te imaginabas siendo un banquero, un juez, un periodista, un coronel. Y acabaste de chusquero, en un país lejano implorando empleo, en la lista de los parados, en la esquina de los olvidados.



La luna. La noche. Los zombies que te escogen. Que te captan. Te empujan y te arrebatan la personalidad. Dejas de ser quien eras y haces lo que hacen los demás. Fantasmas sin control que toman la penumbra, que apagan las luces, que inundan de decadencia la realidad. Heroínas, sicotrópicos, anfetaminas, drogas vivas… que convierten al olvidado en un zombie social.

La luna. La noche. Los demonios vestidos de hienas; los demonios con chupa de cuero; los demonios barriobajeros. Explotadores de mujeres, vendedores de ultrajantes pasiones, mafiosos de las carnes, sicarios del honor. Demonios que atrapan al cordero más débil para sacarle las entrañas ofreciendo sus cuerpos al mejor postor.

La luna. La noche. Hombres lobos que parecen ovejas; hienas sonrientes que esconden bajo su carcajada los restos de su última víctima devorada; ángeles negros que te cogen por el cuello y chupan tu sangre hasta hacerte desvanecer, caer, dormir eternamente en el lodazal sobre el que impera la ley de Satán. Y él, desde su pedestal, sembrando de azufre la ciudad y enviándote besos envenenados sin parar. Besos endemoniados.


El Comecocos, Las Provincias, 31 de noviembre de 2015

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