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SI FUERA JULIO VERNE

Escuché hablar de él por todas partes. Una exposición que han inaugurado en Madrid sobre sus andanzas literarias ha ayudado a ello. Su título me fascina. "Julio Verne: El límite de la imaginación". No puede haber mayor elogio. Ser el límite de sueños, de imposibles, de lo increíble que luego puede dejar de serlo. Verne es de esos personajes que conservo en mis frascos mágicos como un tesoro de inspiración junto a Leonardo (Da Vinci, para los amigos) o Lewis Carroll (con sus laberintos esperando tras el espejo).

Ellos forman parte de ese reino, tan precipitado como inesperado, de las fantasías en el que, de pronto, te sorprende un grillo que es un tranvía; un tranvía que circula por una ría que es en realidad una tubería; una tubería que desciende hasta las entrañas de un planeta que oculta bajo su piel un corazón de tela; un corazón de tela que es un grillo que es un tranvía. "¡Un gran galimatías!", te diría un personaje a lo gato de Cheshire con una amplia y malvada sonrisa.






Si fuera Verne me hubiese asociado con Leonardo para diseñar un detecta cara-duras que me permitiera apartar a aquellos politicastros y otros de calaña mala-saña que tienen la mano larga y la lengua afilada. Si fuera Verne, hubiese ideado una escafandra para poder respirar en el fango putrefacto y me hubiese escapado a recorrer 20.000 leguas submarinas en las profundidades de ese mar en el que sólo caben caracolas que tocan la viola, pulpos que acarician la gramola, peces que asustan a tiburones y algas que huelen como las flores.

Si fuera Verne mis sueños quedarían escritos al tiempo que mi mente los libera y de ellos saldrían lunas con olor a albaricoque, dragones que cantan en karaokes, corsarios compartiendo rones y pandillas de amigos bonachones que cantan al alba mientras recolectan moras mágicas. Si fuera el maestro Julio construiría en mis fantasías casas de colores donde hay muros, untaría de miel a radicales, pondría caramelos en las esquinas de las calles, haría llover sonrisas en los valles de la mala bicha, pediría que se fueran los que gritan y, donde hay hambre, plantaría vergeles de bienestar.




La imaginación es como el motor de la humanidad. Invención, creatividad, intuición. Es la mejor virtud y la peor arma. Un peligro para quien la utiliza para ocultar realidades: "hablad de independencia y que no se den cuenta de la sangría de las cuentas". Una bendición cuando se utiliza como bálsamo de desgracias: "Papá vuela, cariño, papá vuela. Esa mariposa es papá y está contigo, no se ha ido, sólo vuela, querido..."

La fantasía lo puede todo. Sólo hay que sacarla a pasear. Te sorprenderá. Tanto que, si la mía fuera como la de Verne, mis besos atravesarían esta página y volarían hacia lo imposible.

El Comecocos, Las Provincias. 7 de noviembre de 2015.

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