LA MUJER DE LOS OJOS AZULES

No sé a quién votará. Bueno sí. No votará. Su mundo no está aquí. De hecho anda por la ciudad al margen de ella. Con un carro de la compra repleto de viejos trastos, ropas y andrajos, cartones y cuerdas deshilachadas que cuelgan por los lados. En una de las esquinas, a modo de lanza, como si fuera un Quijote, lleva una escoba boca arriba. En otro costado, sobresale rozando el suelo, un trozo de tela que parece delicada seda, un camisón rosa con puntillas que antaño acarició el cuerpo de alguna mujer fina.

Lleva un pantalón y, superpuesto, un pijama de algodón, una falda floreada, una enagua. Un suéter en la parte de arriba. Quizás dos. Un abrigo con una de sus mangas raídas y un pañuelo atado al cuello que recorre su cuerpo abrigando la nada. Su cabellera luce mechones canosos y caóticos; la piel la tiene reseca, arrugada, cuarteada. El gesto parece abstraído, con los ojos mirando hacia la nada. Ojos azules que iluminan de ingenuidad la cara de la mujer perdida.




La anciana y su locura deambulaban por la gran avenida a eso de las siete de la mañana, arrastrando su carro y jugándose la vida mientras decenas de coches iluminaban su silueta. Cruzó la carretera sin más, desafiando el destino, arrastrando su casa. Su vida. Sonó un claxon, un coche frenó, otro que casi le atropelló. Ella, entretanto, paseaba su mundo al amanecer en mitad de la gran ciudad que despertaba al margen de su vida. Se subió a una acera, atravesó con su carro parte de ella y llegó hasta un banco de madera. Los peatones, esa masa de atolondrados que nos movemos mirando de reojo la saeta que nos indica que llegamos tarde a la cita con la monotonía, dábamos zancadas gritando con nuestro paso firme: "¡Señores, que tengo prisa!".

Pasé raudo ante de ella. Observándola con perplejidad. Todos la mirábamos, pero nadie se interesaba por su andanza. Imaginé por un rato quién se escondería bajo aquella piel amojamada y ese conglomerado de historias transportadas en un carro. De pronto, frené. Quizá porque mi sombra me paró. Sentí que mi alma, mi otro cuerpo, mi imaginación, salía de mí y daba marcha atrás. Sentí como mi otra vida se acercaba hasta su vera e iba a preguntarle por qué la vida le había llevado a otro mundo.

La mujer había sacado la escoba de su carro y barría la acera como quien limpia su casa. "¿Quién eres?", pregunté. Ella río mostrándome sus dientes cascados y clavando los ojos azules en mi rostro. "La Justicia", respondió. "La justicia hecha pedazos", remató. "La injusticia", pensé. Nos miramos. "Eres reflejo de lo que somos, pero no nos importa a nadie", dije absorto en mi egoísmo. Pensé en que tampoco nadie iría a pedirle el voto y reí con cinismo. Le besé, le acaricié, me esfumé. Ella barría.

El Comecocos, Las Provincias. 12 de diciembre de 2015

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