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Mostrando entradas de 2016

EL ÚLTIMO QUE CIERRE

"Oh my God!", este planeta necesita terapia

Me gustaría teletransportarme al barrio de San Telmo en Buenos Aires, esquina Chile y Defensa, y sentarme con Mafalda en su banquito. "Oh my God!!", le exclamaría. "Cómo tenemos nuestro planetita", susurraría. Ella, que nunca creció, me soltaría unas contundentes lágrimas de cocodrilo y me balbucearía su ya famoso: "paren el mundo que me quiero bajar". Y remataría con una de las reflexiones de Quino que producen inquietud: "Lo peor es que el empeoramiento empieza a empeorar".

Uno tiene la sensación de estar viviendo en un planeta en el que, desde las alturas, alguien a modo de Gran Hermano, se lo debe estar pasando pipa jugando con los humanos al parchís del despropósito. Debe estar tronchándose viendo como, a las hormiguitas esas de aquí abajo, se nos salen las órbitas de los ojos al ver que lo imposible empieza a ser lo previsible. Que lo lógico ya es ilógico. Que el mundo se ha puesto boca a…

¿PARA QUÉ OS QUIERO?

Había soñado que era un mago y se despertó crecido como un rey Sol. La vecina hervía coliflor. "Qué horror", pensó. Sacó de una chistera que secuestró de su fábula soñada una enorme infusión de jazmín, bizcocho y almendras. Con ella perfumó la habitación y se entusiasmó.

Cogió la mano derecha, la colocó sobre su cabeza y la destapó, como quien abre un botellín de cerveza. Sonó: "¡plofff!". Metió los dedos dentro de ella y empezó extraer sus penas, sus emociones desbordadas, sus inquietantes pensamientos y esas cosas que perturbaban su existencia. Libre de sus neuras, sonrió. Y, de nuevo, se creció.



Miró hacia sus pies y exclamó: "¿Para qué os quiero?". Y como el galgo más veloz, salió corriendo de Valencia a Vermont, de Reikiavik a London, de Lanuza a Versalles pasando por Carcassonne. Y se sintió afortunado. Quizá fascinado por ver el mundo que rodaba bajo sus pies, como una pelota con la que juega el equilibrista. Un pie sobre el mar de hielo, otro sobre …

EL DÍA QUE SUBIÓ AL ROBLE

Hace miles y miles de años, cuando era joven, trepó un día de madrugada por las ramas de un roble. Iba acompañado de su amigo. El cielo estaba amoratado, casi negro. Todo parecía dormido. No se movía ni una rama. A todo caso, algún matorral de forma esporádica. Quizá ni eso. Serían las seis de la mañana, hacía ese frío pirenaico del verano que deja la cara curtida y, sobre las ramas de aquel árbol robusto y de considerable tamaño, dejaron pasar el tiempo.

El cielo fue despedazando su oscuridad dando paso a los claros. Incluso llegó a asomarse algún rayo de sol pasado un buen rato. Dos horas. Quizá tres. Sería osado hilar tanto. Querían, ingenuos ellos, ver algún animal del bosque corretear bajos sus pies. Un ciervo, una cabra montesa, un jabalí receloso... No apareció ni un escarabajo. Estaban todos, pero no fue nadie a visitarlos.

Durante el tiempo que estuvieron entre ramas –alguna mirada, alguna palabra parca y rápida–, sintieron cómo el alba se desintegraba en pedazos y el silencio …

GRIS CASI NEGRO

Hablé con mis sueños y les pedí ser el sombrerero loco. "¿A estas alturas aún estás con esas?", me interpeló el repartidor de fantasías que andaba recolectando hormigas blancas, colibríes con cuatro alas y caracoles, de esos que cuando salen de la concha se convierten en gigantes capaces de robar con un par de saltos estrellas al Universo. O algo así, que esta historia me la sé un poco de oídas. Como todo lo que ocurre por allí adentro. Por esta cabeza divina aunque a veces maldita. Porque no sabes nunca si te va a llevar con sus decisiones a la deriva o dejarte volar tranquilo, feliz. Sorprenderte con cierta sabiduría que siempre te parecerá impropia.

Pero te decía que le dije a mis sueños que quería ser el sombrerero loco. No para tomarme un té con Alicia, que no estoy para cosas histriónicas al final de la semana. Sino porque como buen sombrerero siempre tendría alguna chistera de esas extralargas de la que pudiera sacar –a lo mago de antigua usanza– mil cosas imposibles. …

EL ÚLTIMO VIAJE A OBABA

Ante su biblioteca pensó en cuántas palabras había allí metidas, apretujadas, unas junto a otras. Marco al lado de Polo; Mario sobre su cadáver y Carmen Sotillo, cinco horas a su lado; Melquiades y los imanes unidos en una descripción magistral por las calles de ese Macondo mágico que le hizo creer que algún día podría robar palabras al azar y escribir historias, que después nadie leería. Sueños con acentos, tildes olvidadas, metas que desaparecían como palabras que han quedado arcaicas: deshambrido, fazoleto, pasagonzalo (golpe pequeño dado con la mano, y particularmente, en las narices).




Ante la imponente biblioteca, se sintió sobrecogido por todo lo que habitaba en ella. Tenía la altura de doce estantes, dos palmos de alto cada una, y diez pasos de soldado de guardia de anchura. Era hermosa, de madera ya antigua. Quizá –cavilaba él– de algún roble por el que trepó alguna criatura, jugó sobre sus ramas, inventó aventuras, soñó que volaba y cantó baladas a la Luna cuando, ya mayor, so…

SOMBRERO DE PIRATA

El niño que medía poco más de un metro y medio se asomó a la ventana de su habitación en mitad de la noche y preguntó a una nube que flotaba por allí entre estrellas y media luna: "¿Qué movida tenéis por ahí arriba que nadie me logra descifrar?". 

La nube no le contestó, como es lógico. Las nubes no hablan. Pero sí que respondió a su pregunta un tipo con sombrero de pirata y larga barba pelirroja (medio rizada, medio alocada). "¿Movida aquí? ¡movida ahí!", le espetó. "No se os puede dejar solos, humanos engreídos. Os cogéis el planeta por montera y lo hacéis trizas", exclamó dando un salto de la nube a un tejado, del tejado a un árbol y del árbol a la habitación del niño que medía poco más de un metro y medio. "¿De dónde sales tú, carajo?", le preguntó con desparpajo el pequeño. No creas que sorprendido, ni siquiera atemorizado. De hecho miraba a ese personaje medio extraplanetario con total naturalidad. "¡De dónde voy a salir! De mi nube tr…

LA ÚLTIMA CARTA

Una carta de amor no es el amor, sino un informe de una ausencia". Lo escribió Benedetti y reconozco que es una hermosa genialidad porque, en este tiempo en el que los buzones lloran vacíos de sensibilidades, hablar de cartas suena a gloria literaria. Aunque esas cartas sean compendios de palabras enamoradas fruto de la distancia. Secretos del corazón, en cualquier caso, que nacen a golpe de letras trazadas en tinta. Esa tinta que se usaba cuando, bajo una luz cálida, un "juntaletras" improvisado escribía a su amada, a su amante, a la familia que le esperaba, al amigo a quien siempre le confiaba tristezas, penurias, ligerezas.

Cartas sobre la vida, que hoy –para desgarro de la literatura– han desaparecido de nuestro lado víctimas de plagas tecnológicas: skype, whatsApp y esos mensajes menguados pero ultra rápidos que han condenado a los sellos, han hecho desaparecer de tus manos los sobres lacrados o perfumados y han convertido la estilográfica en un objeto del pasado.



Aq…

PERLAS

En mis adentros suele haber un vocerío extraordinario cuando ando indignado. "Me voy, no aguanto más; estoy aburrido de tanto despropósito", me suelo repetir. A veces, es la suerte de estar instalado en los imposibles y enamorado de lo increíble, bajo a la calle, levanto la alfombra de asfalto que decora la carretera y me meto debajo de ella. No es que meta la cabeza bajo tierra como un avestruz; me cuelo con todo mi cuerpo y hago, cual topo humano, una travesía por una madriguera secreta que me lleva hasta un enorme prado. Verde, ya sabes. De esos paisajes bucólicos que tanto espanto causan a un urbanita desenfrenado. Allí respiro hondo y, en cada uno de mis suspiros -cosas extrañas que pasan, ya te digo-, se mece el trigo como el cabello de un niño. Aunque en verdad no es un niño, sino un simpático tipo, gigantón y bien fornido. Yo suspiro, su pelo se mece y al final su cabeza se mueve, se levanta, crece ante mi mirada siempre alucinada. "Hola, humano contaminado de t…

EL NOVATO

El novato descubrió esa mañana, su primera mañana en la Tierra, que era tan cálido el abrazo de las mantas sobre el cuerpo que la gente se negaba a salir de la cama. Descubrió que le costaba abandonar la ducha porque la lluvia caliente llenaba su piel de caricias y relajaba sus inquietudes. Y descubrió, sobre todo, que la gente necesitaba a su lado ese aliento cálido que le ayuda a afrontar los hielos de la batalla diaria. Ese frío con el halo de alma desalmada que espera fuera de casa.

Ante el café del desayuno, que es como si te tragaras una nana y de su canto emanara un poniente apaciguado, pensó que este mundo necesita calidez. "Le hace falta mantas, agua caliente, cafés con leche de buena mañana", murmuró. Caricias. Palabras cálidas. Abrazos a discreción. Miró el fondo de su taza, apuró el café (que estaba perdiendo su gracia a medida que su temperatura se desplomaba) y pasando sus dedos entre los rizos de su cabello se dijo: "Tengo una misión". Su primera misi…