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Mostrando entradas de febrero, 2016

LA ÚLTIMA CARTA

Una carta de amor no es el amor, sino un informe de una ausencia". Lo escribió Benedetti y reconozco que es una hermosa genialidad porque, en este tiempo en el que los buzones lloran vacíos de sensibilidades, hablar de cartas suena a gloria literaria. Aunque esas cartas sean compendios de palabras enamoradas fruto de la distancia. Secretos del corazón, en cualquier caso, que nacen a golpe de letras trazadas en tinta. Esa tinta que se usaba cuando, bajo una luz cálida, un "juntaletras" improvisado escribía a su amada, a su amante, a la familia que le esperaba, al amigo a quien siempre le confiaba tristezas, penurias, ligerezas.

Cartas sobre la vida, que hoy –para desgarro de la literatura– han desaparecido de nuestro lado víctimas de plagas tecnológicas: skype, whatsApp y esos mensajes menguados pero ultra rápidos que han condenado a los sellos, han hecho desaparecer de tus manos los sobres lacrados o perfumados y han convertido la estilográfica en un objeto del pasado.



Aq…

PERLAS

En mis adentros suele haber un vocerío extraordinario cuando ando indignado. "Me voy, no aguanto más; estoy aburrido de tanto despropósito", me suelo repetir. A veces, es la suerte de estar instalado en los imposibles y enamorado de lo increíble, bajo a la calle, levanto la alfombra de asfalto que decora la carretera y me meto debajo de ella. No es que meta la cabeza bajo tierra como un avestruz; me cuelo con todo mi cuerpo y hago, cual topo humano, una travesía por una madriguera secreta que me lleva hasta un enorme prado. Verde, ya sabes. De esos paisajes bucólicos que tanto espanto causan a un urbanita desenfrenado. Allí respiro hondo y, en cada uno de mis suspiros -cosas extrañas que pasan, ya te digo-, se mece el trigo como el cabello de un niño. Aunque en verdad no es un niño, sino un simpático tipo, gigantón y bien fornido. Yo suspiro, su pelo se mece y al final su cabeza se mueve, se levanta, crece ante mi mirada siempre alucinada. "Hola, humano contaminado de t…

EL NOVATO

El novato descubrió esa mañana, su primera mañana en la Tierra, que era tan cálido el abrazo de las mantas sobre el cuerpo que la gente se negaba a salir de la cama. Descubrió que le costaba abandonar la ducha porque la lluvia caliente llenaba su piel de caricias y relajaba sus inquietudes. Y descubrió, sobre todo, que la gente necesitaba a su lado ese aliento cálido que le ayuda a afrontar los hielos de la batalla diaria. Ese frío con el halo de alma desalmada que espera fuera de casa.

Ante el café del desayuno, que es como si te tragaras una nana y de su canto emanara un poniente apaciguado, pensó que este mundo necesita calidez. "Le hace falta mantas, agua caliente, cafés con leche de buena mañana", murmuró. Caricias. Palabras cálidas. Abrazos a discreción. Miró el fondo de su taza, apuró el café (que estaba perdiendo su gracia a medida que su temperatura se desplomaba) y pasando sus dedos entre los rizos de su cabello se dijo: "Tengo una misión". Su primera misi…