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EL NOVATO

El novato descubrió esa mañana, su primera mañana en la Tierra, que era tan cálido el abrazo de las mantas sobre el cuerpo que la gente se negaba a salir de la cama. Descubrió que le costaba abandonar la ducha porque la lluvia caliente llenaba su piel de caricias y relajaba sus inquietudes. Y descubrió, sobre todo, que la gente necesitaba a su lado ese aliento cálido que le ayuda a afrontar los hielos de la batalla diaria. Ese frío con el halo de alma desalmada que espera fuera de casa.

Ante el café del desayuno, que es como si te tragaras una nana y de su canto emanara un poniente apaciguado, pensó que este mundo necesita calidez. "Le hace falta mantas, agua caliente, cafés con leche de buena mañana", murmuró. Caricias. Palabras cálidas. Abrazos a discreción. Miró el fondo de su taza, apuró el café (que estaba perdiendo su gracia a medida que su temperatura se desplomaba) y pasando sus dedos entre los rizos de su cabello se dijo: "Tengo una misión". Su primera misión.

Ocultó sus alas bajo un suéter de lana. Se puso una chaqueta de paño que había heredado de otro ángel de la guarda que anduvo por ese apartamento en tiempos de Maricastaña. Y, ajustándose una bufanda tejida con hilo de nube, salió a la ciudad a repartir abrazos. "Tengo una misión entre las manos", repitió gritando como gritan los ángeles. Un silencio en una conversación, un vientecillo en tu mejilla, un escalofrío de los brazos a las piernas. Mariposas en el estómago.

El ángel novato observó la ciudad perezosa y gruñona y, alzando el vuelo –¡esto es parte de su magia, cosa de ángeles!–, se posó sobre el inmigrante al que una ola salvó la vida tras el naufragio de su patera y que ahora se dedica, de tanto en tanto, a recoger naranja. Y el joven, por un instante, fue feliz. 

El ángel se coló en casa de Pilar, donde tras una noche de golpes, vestía a sus tres hijos mientras su marido con una resaca tremenda maldecía sus días. Y con su abrazo, ella sintió valor y esa mañana lo dejó. Y se acercó a una anciana que andaba por casa perdida: "¿Qué día es hoy? ¿A dónde estoy?". Y su beso le recordó que era María, que había sido practicante, que todo el mundo la quería, que le gustaban los días de sol y las margaritas. Y María sonrió.

Abrazó a un camarero que aguantaba a un impertinente caballero que apostado en la barra se creía un dios. Y abrazó al caballero y su estupidez se esfumó. Abrazó a la niña que tenía examen de Biología y seguro que aprobó. Y abrazó a un taxista quemado, a un mendigo solitario, a un joven a quien la vida le engañó y llora por desamor.


Cuando el ángel novato llegó a casa se dijo: "Mañana tengo misión". Y ocultándose bajo el abrazo de las mantas pensó: "Repartiré más abrazos y besos a discreción".

El Comecocos, Las Provincias, 23 de enero de 2026.

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