PERLAS

En mis adentros suele haber un vocerío extraordinario cuando ando indignado. "Me voy, no aguanto más; estoy aburrido de tanto despropósito", me suelo repetir. A veces, es la suerte de estar instalado en los imposibles y enamorado de lo increíble, bajo a la calle, levanto la alfombra de asfalto que decora la carretera y me meto debajo de ella. No es que meta la cabeza bajo tierra como un avestruz; me cuelo con todo mi cuerpo y hago, cual topo humano, una travesía por una madriguera secreta que me lleva hasta un enorme prado. Verde, ya sabes. De esos paisajes bucólicos que tanto espanto causan a un urbanita desenfrenado. Allí respiro hondo y, en cada uno de mis suspiros -cosas extrañas que pasan, ya te digo-, se mece el trigo como el cabello de un niño. Aunque en verdad no es un niño, sino un simpático tipo, gigantón y bien fornido. Yo suspiro, su pelo se mece y al final su cabeza se mueve, se levanta, crece ante mi mirada siempre alucinada. "Hola, humano contaminado de tanta realidad putrefacta", me dice normalmente usando tal palabro. "¿Putrefacta?", le pregunto siempre, iniciando un diálogo que suele ser cíclico, repetitivo. "Si, es cierto, allí arriba (o allí abajo, no tengo demasiado claro dónde estamos), los humanos andamos de charco en charco. Ya sabes, te lo he dicho y redicho: el clima está loco, los políticos espabilados, los despropósitos circulan encadenados; ahora toca una de titiriteros, ahora un candidato al que le mola el rifle en mano...". Yo le hablo y hablo, y el gigante con el pelo verde escucha. Sereno, paciente, esperando tomar la palabra. "Está bien, humano, ¿bailamos?", me acaba preguntando. Siempre me acaba preguntando si bailamos. Y termino mi terapia ensayando con él alguno de los pasos del baile de ese lugar (allí arriba o allí abajo, ya te dije que no lo tengo claro) libre del tóxico-terráqueo. Un baile en el que él me empuja con sus manos bien alto y yo voy de las alas de un albatros chiripitifláutico a una nube de algodón en la que tocan el violonchelo y el saxofón dos viejos cuervos tan negros que parecen de carbón. Cuervos que me señalan con su canción que debo saltar de la nube a otra. A otra nube que es espuma por la que me deslizaré como un Sanmartín hasta el fondo de un mar repleto de sirenas, ballenas, caracolas... mil peces jaspeados como un leopardo que me empujarán hasta una inmensa ostra que me zampará en un pispas gritándome: "Sólo soñando te podrás liberar; soñando podrás olvidar". Y al despertar del sueño, una madrugada más, encontraré en mi mano una perla de esa ostra que me engulló. Otra perla para el cofre de las historias increíbles. Esas que te permiten respirar cuando el estercolero universal asfixia tus días. Historias bajo el asfalto que algunos dicen que son mentiras. Besos.

Obra de Javier Trelis. 


El Comecocos, Las Provincias, 13 de febrero.

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