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EL ÚLTIMO VIAJE A OBABA

Ante su biblioteca pensó en cuántas palabras había allí metidas, apretujadas, unas junto a otras. Marco al lado de Polo; Mario sobre su cadáver y Carmen Sotillo, cinco horas a su lado; Melquiades y los imanes unidos en una descripción magistral por las calles de ese Macondo mágico que le hizo creer que algún día podría robar palabras al azar y escribir historias, que después nadie leería. Sueños con acentos, tildes olvidadas, metas que desaparecían como palabras que han quedado arcaicas: deshambrido, fazoleto, pasagonzalo (golpe pequeño dado con la mano, y particularmente, en las narices).




Ante la imponente biblioteca, se sintió sobrecogido por todo lo que habitaba en ella. Tenía la altura de doce estantes, dos palmos de alto cada una, y diez pasos de soldado de guardia de anchura. Era hermosa, de madera ya antigua. Quizá –cavilaba él– de algún roble por el que trepó alguna criatura, jugó sobre sus ramas, inventó aventuras, soñó que volaba y cantó baladas a la Luna cuando, ya mayor, sobre el lecho de hojas ocres, pardas y amarillas hizo por primera vez el amor con la que después fue la mujer de su vida.

Capote, Bukowski, Echenique, Kapuscinski y hasta Marx (Groucho) le miraban pavoneándose desde los lomos de sus novelas; recordándole que con ellos se dejó su tiempo y la vista. "Querido Chico; mi productor de Cine Favorito estuvo cenando en casa la otra noche y cada año come de forma más ruidosa", escribe el del bigote repintado y el puro entre los labios. "(…) Se oía el ruido en varias millas a la redonda".



En aquella biblioteca hiperbólica resonaban risas y llantos, caricias y espantos, gritos y gemidos, monólogos interminables y memorias admirables. De Adriano, de una vaca, del hijo del heladero. Esas que escribió Gutiérrez, notario de la Habana sucia, y que está repleta de antihéroes, de ignorados, de olvidados: "Vivo con los poetas, con las lesbianas, con los artistas y los músicos, con bugarroncitos jóvenes y encantadores, con los trovadores y sus guitarras, con borrachos y mariguaneros, con putas y locos".

La biblioteca que tenía ante él era su gran tesoro. Su vida. El ayer y el hoy. De Kipling a Hemingway. De Moby Dick a Frankenstein. Del "Arkansas" de Leavitt al país de Atxaga. "Mi viaje a Obaba se acaba", masculló acariciando el libro del escritor vasco. Renqueante por los años, sacó una cuartilla. El escritor frustrado lloraba, pausado. "Soy hijo de estos libros que me han alimentado. Ahora que muero, solitario y anciano, quiero agradecerles que me hayan acompañado. Ahora que muero, dejad que velen mi cuerpo un rato y después, antes de tirarlos, quemarlos a mi lado". Lo encontraron en el suelo. Blanco. Entre versos, ensayos, crímenes sanguinarios y besos apasionados.



Jesús Trelis. El Comecocos, 16 de abril. Las Provincias

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