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EL DÍA QUE SUBIÓ AL ROBLE

Hace miles y miles de años, cuando era joven, trepó un día de madrugada por las ramas de un roble. Iba acompañado de su amigo. El cielo estaba amoratado, casi negro. Todo parecía dormido. No se movía ni una rama. A todo caso, algún matorral de forma esporádica. Quizá ni eso. Serían las seis de la mañana, hacía ese frío pirenaico del verano que deja la cara curtida y, sobre las ramas de aquel árbol robusto y de considerable tamaño, dejaron pasar el tiempo.

El cielo fue despedazando su oscuridad dando paso a los claros. Incluso llegó a asomarse algún rayo de sol pasado un buen rato. Dos horas. Quizá tres. Sería osado hilar tanto. Querían, ingenuos ellos, ver algún animal del bosque corretear bajos sus pies. Un ciervo, una cabra montesa, un jabalí receloso... No apareció ni un escarabajo. Estaban todos, pero no fue nadie a visitarlos.

Durante el tiempo que estuvieron entre ramas –alguna mirada, alguna palabra parca y rápida–, sintieron cómo el alba se desintegraba en pedazos y el silencio se deslizaba por su lado como un suspiro que se escapa. Como un águila invisible que aleteaba a su alrededor mientras se perfilaba la mañana. En medio de esa quietud, sintieron los dos amigos el palpitar de ese roble que cedió las ramas a sus sueños y les regaló el precioso tesoro de la nada. El secreto de un vacío tan contundente que acabó llenando sus almas.


Un roble pintado por el gran Javier Trelis :-)

Aquella madrugada, estos jóvenes locos llenos de ideales descubrieron un bosque en el que nadie parece estar pero están todos. Cada uno en su guarida, caminando por su travesía, viendo sin ser vistos, transparentes. Como la vida. Subidos en aquel roble, aprendieron que en un instante puede pasar todo y nada. Que la existencia se puede resumir en un suspiro y que una madrugada, ser el inicio de una travesía. Porque, aunque aquel amanecer no hubo ciervos, ni cabras, sólo esperas y silencios, de ella quedó un roble que aún les susurra historias, un águila invisible que en silencio les guía y una amistad inquebrantable.

Aquella mañana, hace ya miles de soles, cuando eran jóvenes y podían trepar por los robles, descubrieron que lo más importante de esta vida es tener a alguien al lado. Alguien que te acompañe hasta lo más alto de un árbol, para allí, juntos, dejar que les engullan las ramas y que les empape la savia. Y, con ella, viajar a través del poderoso tronco hasta las raíces donde, desde entonces, se entrelazan sus pensamientos, sus momentos, sus vivencias. Llegar hasta las raíces para buscar juntos, entre la tierra que abona sus días, el lugar donde brota el agua. La esencia de la vida.

Hace miles y miles de años, cuando era joven, trepó un día de madrugada por las ramas de un roble. Su amigo le acompañaba. Todavía no han bajado. Besos.

El Comecocos, Las Provincias. 30 de abril de 2016

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